1356. ENCERRADO EN UN CAJERO
MIGUEL ANGEL MAGALLON ANSON | MIGUEL DE AZUARA

Era un caluroso día, en pleno ferragosto, cuando tuve la ocurrencia de dirigirme a un cajero automático para conocer el saldo de mi cuenta bancaria. Ya cuando escuché el click del mecanismo de la puerta surgió un escalofrío que me recorrió la espalda. Me había quedado encerrado. Forcejeé un poco, intenté abrir con delicadeza, pero cuanto más intentaba, menos conseguía. Solté un par de juramentos,golpeé la puerta acristalada con manos y pies hasta que me di por vencido. Al menos tenía mi teléfono móvil, así que comprobé nerviosamente que me quedaba batería suficiente. Apareció de repente un individuo al otro lado del cristal haciéndome gestos, como si de un mimo se tratara, de que quería entrar y respondí usando el mismo lenguaje que era yo el que no podía salir. La situación podía resultar cómica pero no lo era. Llamé al número telefónico que me indicaba un cartel en la pared para casos de emergencia, pero no parecía funcionar. Así que recurrí al 112,donde una voz femenina me increpó: – “¿Cúal es su problema?” – “Pues verá, parece que me he quedado encerrado en un cajero automático.” – “Ahhh, entiendo, no se preocupe, ahora le envío una patrulla de policía. ¿ puede indicar la dirección en la que se encuentra?” Apenas pude recordar el nombre de la calle pero lo hice. Y me colgó. Empecé a traspirar, me desabroché la camisa, me senté en el suelo. Cualquiera que me viera podría pensar que yo era un ladrón o alguien que usa esos lugares para pernoctar.Al menos tenía un pasillo de diez metros de largo por dos de ancho por donde vagar. Enseguida me vino el recuerdo de la singular película protagonizada por José Luis López Vázquez, donde el protagonista se quedaba encerrado. “La cabina” fue un éxito a pesar de que la angustia del personaje se circunscribía a un escaso metro cuadrado. Por fin, a los diez minutos, que se me hicieron eternos, aparecieron una pareja de agentes.El mayor la emprendió a golpes intentando abrir la puerta mientras su joven compañera intentaba tranquilizarme, diciendo que, como último recurso, llamarían a una dotación de bomberos para descerrajarla.. Sonó el teléfono y aquella voz se identificó como trabajador de la entidad bancaria, me comentó que iba a contactar con el responsable pero me pareció que lo decía con cierta sorna. Eran las siete de la tarde y yo tenía sed, mucha sed. Otra pareja de policías llegó con la sirena estridente de su coche pero ante la imposibilidad de hacer nada, se pusieron a fumar un cigarrito. Por fin llegó la directora de sucursal, nerviosa, con el pelo revuelto y me pudo abrir la puerta. Se disculpó varias veces, pero yo sólo quería respirar profundamente el aire caliente de la calle. Veía alrededor como una multitud se arremolinaba deseando saber que estaba ocurriendo. Pero muy digno, además de renunciar a presentar una denuncia, me abrí paso y me marché.