1287. ENCERRADO EN UN CAJERO
MIGUEL ANGEL MAGALLON ANSON | miguel de azuara

Un día cualquiera en pleno ferragosto, con un calor que derretía el asfalto, tuve la brillante idea de entrar en un cajero automático de banco, para algo tan absurdo como saber el saldo de mi cuenta. Ya me dió mala espina que cuando se cerró la puerta tras de mí un traidor click me avisaba de que algo no iba bien. Al acabar la operación en el cajero automático, me dirigí a la salida mientras un extraño escalofrío recorrió mi espalda. Eran sobre las seis de la tarde y nada parecía presagiar mi tragedia. Así fue, al girar el pomo de la puerta ésta no se abrió, lo volví a intentar y no hubo forma, traté de relajarme pero era imposible. Forcejeé, juré en arameo, golpeé con pies y manos. Estaba encerrado en un receptáculo de unos diez metros de largo por dos de ancho, traspirando, muy inquieto. Al menos llevo mi teléfono móvil, pensé, y comprobé que me quedaba batería. En ese instante surgió de la nada, delante de la cristalera, un individuo que me hacía gestos de querer entrar en la sucursal bancaria, mientras yo le hacía otros avisando que no podía salir. Me recordó de inmediato aquella escena de «La cabina» del genial José Luis López Vázquez, en aquella escena, por si alguien no ha visto tal singular película de los años 70, en la que el pobre protagonista tenía la angustia que estar encerrado en apenas un metro cuadrado. Yo al menos podía dar unos pasos de ida y vuelta hacia la puerta acristalada. Llamé por teléfono al número que me indicaban en un cartel de la pared para emergencias. No parecía funcionar. Mi intranquilidad iba en aumento, así que llamé al 112 y amablemente una voz femenina me respondió: «Buenas tardes, ¿cúal es su problema? – Pues verá, se dije con voz temblorosa y como avergonzado: «Me he quedado encerrado en un cajero de banco». – Ahhh, de acuerdo, me contestó: «¿Podría decirme la dirección donde se encuentra?. Bufff, no sabía realmente que decirle pero llegué a farfullar al menos el nombre de la calle. – «Ahora le envío un coche patrulla, no se preocupe» y acabó la conversación. Me desabroché la camisa, me senté en el suelo, cualquiera que me viera le parecería un ladrón o un mendigo que pernocta en esos lugares. A los diez minutos llegaron una pareja de policías. El de mayor edad intentó forzar la puerta a golpes y empujones, sin éxito, mientras su compañera, más joven, se limitó a decirme que me tranquilizara, como último recurso llamarían a una dotación de bomberos para descerrajar. Pensé que aquello iba a terminar saliendo en la prensa. Una nueva patrulla apareció con su sirena estrepitosa, pero se limitaron a mirarme y fumarse un cigarrito. Por fin, llegó la directora del banco, nerviosa y con el pelo alborotado y me abrió la puerta. Se disculpó pero no quise saber más, aspiré profundamente el aire de la calle y me marché.