‘ENCONJUNTADOS’
MONTSE PEREZ ROQUETA | Mita

5/5 - (1 voto)

Guillermo se miró en el espejo del recibidor, recolocó su sombrero y se guiñó un ojo, le gustó la imagen que aquel le devolvía. Satisfecho salió del piso y apretó el botón del ascensor. Al llegar a la calle, de nuevo, apareció esa sensación de mariposas en el estómago que solía tener, hacía ya muchos años, durante la adolescencia.

Era un hombre alto, delgado y bien parecido, los pocos cabellos que le quedaban eran blancos y los dos puntitos azules que tenía por ojos devolvían una mirada agradablemente infantil. Siempre con americana o sahariana azul, camisa blanca de cuello duro, corbata en tonos azules y su inseparable bastón; nadie sabía si lo necesitaba para caminar o simplemente era un buen complemento a su imagen. Era Don Guillermo en el barrio, el eterno soltero, aunque ya entrado en años; decía que no había encontrado mujer que “enconjuntara” con él. Ese día, al salir de casa, se dirigía directamente a la floristería.

Rosita, “la de las flores”, como la llamaban en el barrio, estaba nerviosa, se había cambiado ya cuatro veces de ropa. Ningún vestido le parecía adecuado. Ese día no quería llevar ninguna flor en su vestimenta, no le gustaba el apodo, aunque lo merecía, ya que era su estampado preferido en ropa o pañuelos. Viuda desde hacía unos años, y de muy buen ver, decían los vecinos que, al año de fallecer su marido, dejó el luto y las incorporó en su vestuario como inicio de una nueva vida. Después de mucho quita y pon consiguió vestirse adecuadamente para la ocasión, sin ningún detalle floral, pero imperando los tonos azules; creía importante incluir el color azul en su indumentaria. Estaba feliz, la cita era excitante.

Ambos frecuentaban calles y comercios del barrio y cuando se encontraban, fortuitamente o no, solían conversar sobre temas triviales, sin más. Hacía unos días, Don Guillermo le propuso encontrarse para tomar un café matutino en el Gran Café y así poder charlar tranquilamente. Rosita aceptó, se moría de ganas, aunque ella jamás se lo hubiese pedido, era muy tradicional.

Don Guillermo salió satisfecho de la floristería, llevaba su rosa roja de pitiminí en el ojal de la americana, nada estridente, pero creía imprescindible llevar puesta alguna flor para la cita, seguro que ella apreciaría el detalle. Ahora ya estaba preparado para dirigirse al Gran Café.

Rosita se miraba en los escaparates de las tiendas por donde pasaba. Estaba contenta por la elección del vestido, el pañuelo, el bolso y los zapatos, ¡y sin ninguna flor! Cuando llegó al Gran Café, Don Guillermo estaba sentado en una mesa que, por cierto, tenía un pequeño jarrón con una flor en el centro.

Don Guillermo se levantó.

―Buenos días Doña Rosita, por favor tome asiento.

“Hoy no lleva flores, va vestida de color azul, vamos “enconjuntados”, pensó Guillermo.

―Buenos días Don Guillermo, muchas gracias.

“Lleva una flor en la solapa, gran detalle, sabe que me gustan las flores”, pensó Rosita.