ENCUENTRO
Josep Reig Romero | Lucas Rojo

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Ella se había puesto un vestido nuevo que la hacía más joven, labios rojo chanel y ropa interior cara a la que no estaba acostumbrada y se sentía desnuda por dentro. Tenía una bonita figura y unos ojos muy expresivos, pero tenía poco que expresar. En fin, le bastaba con mostrar que estaba dispuesta, y eso sabía hacerlo. Él llevaba un traje negro sacado del fondo del armario, con camisa blanca y corbata estrecha, zapatos ingleses, barba cuidada y mirada algo perdida, pero decidida. Ambos habían ido solos a la fiesta, los dos pensaron un tiempo si acudir o no. Ella decidió que tenía que salir de su retiro de opositora de larga distancia. Él, por si olvidaba que se había quedado solo, aún en trámites de separación y con la imagen de su mujer reflejándose en los espejos de casa. Ella pensó que le gustaba, era atractivo, diferente. En realidad no lo pensó, lo sintió con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Él captó las señales al notar como su falda se movía a su alrededor y, después de seis meses sin sexo, le pareció encantadora. El hombre que los presentó no conocía a ninguno de los dos, lo hizo con un gesto forzado, y desapareció de esta historia, no les caía demasiado bien de todas formas. Cuando se quedaron solos, frente a frente, ninguno supo qué decir. Ella le cogió la mano izquierda con suavidad, casi a cámara lenta, pasaron segundos antes del contacto, sus olores corporales, mezcla de sudor frío y perfume de marca, se mezclaron, una nube química los envolvió y les hizo creer que aquello estaba escrito por el destino. Él la llevó a su casa, ella se dejó llevar, hicieron el amor como se hace por primera vez con un desconocido: probando, consintiendo, fingiendo, con los cuerpos juntos y las mentes separadas. Él se despertó de madrugada y un remordimiento sin sentido le hizo saltar de la cama para vestirse rápido con su ropa de todos los días. Ella notó aquella perturbación en el ambiente y también se levantó y se vistió sin decir nada. Bajaron a la calle, se sentaron en el pretil del puente mirando correr el agua bajo los primeros rayos de sol, separados por un metro de piedra maciza. Bonito encuentro, dijo ella. Sí, tenemos que repetirlo, respondió él con la cabeza gacha. Se separaron, ninguno sabía el nombre del otro ni su número de teléfono. Ella aprobó la oposición dos años después y se fue a vivir a otra ciudad. Él siguió viendo la sombra de su ex-mujer y acudiendo a fiestas en las que ya no esperaba nada.