ENCUENTRO FUGAZ
Estefanía Ruiz Lázaro | Lázaro

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Las primeras citas siempre me han parecido de lo más curiosas, nunca he creído mucho en la típicas e idílicas relaciones de película, siempre tan bonitas, tan especiales, tan empalagosas. No sé si, porque en el amor he tenido más ranas qué no se han convertido en príncipe o porqué cuando se han convertido en el supuesto príncipe azul, no era en tono de azul que a mi me gustaba, pero por H o por B siempre han acabado en fracaso.

Hace más de cinco año que dejé de creer en el amor, tiré por la borda una relación de más de diez años por una infidelidad, y desde entonces el único amor en el que creo y confío es en el de mi perrita Mucca , ella siempre tan fiel, recibiéndome en la puerta aunque haga cinco minutos que me he ido, siempre con su rabo revoloteando de felicidad, mirándome a los ojos con una sinceridad pulcra, o al menos, eso me parecía a mí, tampoco nadie me lo iba a discutir. Cuando volví de trabajar, cogí el móvil para echar un vistazo a las redes sociales, típico momento de desconexión después de una larga jornada aguantado jefes y clientes, me preparé una copa de vino y me puse a cotillear, un estado, otro, otro los pasaba casi sin prestar atención como quién pasa las hojas del periódico matutino con un café recién hecho, mirando pero sin ver nada, hasta qué de repente, algo llama mi atención entre tanto postureo y niño mono, el estado de un antiguo compañero del cole al qué hacía como media vida que no veía, el particular “compi” friki, con gafas, un poco desaliñado del qué todo el mundo se reía, pues era él, bastante cambiado, tanto, qué tuve que meterme en su perfil para comprobar si realmente era él, y era… Se había quitado las gafas de culo de botella, se había arreglado los dientes y estaba…como decirlo, muy definido muscularmente hablando. Mucca y yo nos miramos durante diez segundos y sin pensárnoslo mucho, le mandamos un privado, privado al qué tardo en contestar a penas varios segundos, parecía que estuviera esperándolo. Entablamos una conversación muy amena, sin rodeos me propuso vernos para recordar viejos tiempos y tener como él lo llamó: una primera cita. En eso no había cambiado mucho, seguía tan arcaico. Quedamos esa misma noche para cenar, las expectativas eran cero, pero me apetecía salir un rato a desconectar y divertirme y así lo hice. Me puse un vestido negro ceñido, de los que sugieren sexo desde lejos, sin ninguna intención, pero con alguna finalidad oculta que yo misma me negaba. Al encontrarnos en la puerta del restaurante, ambos nos miramos sugerentes de arriba- abajo, entramos y sin apenas haber llegado al final, pagamos la cuenta, cogimos un taxi hasta su casa que pillaba más cerca que la mía y terminamos el postre en su cama, entre sábanas blancas y una primeras cita fugaz para no olvidar.