ENCUENTRO LITERARIO
MARÍA RUIZ FARO | ISOLINA

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Él no quería decir el nombre de su país de origen pues no estaba a favor de su etimología. Este era solo el inicio para saber que él era un subversivo. Gramscista como era tenía claro que quien controla las palabras controla la realidad, pues sólo o principalmente con ellas la realidad es definida.

Él se embriagaba de lecturas en un improvisado despacho, que no era sino una mesa esquinada en su antiguo piso de altos techos.



Ella, una chica rara al estilo de una Pizarnik pero entusiasta, una niña salvaje disfrazada de mujer extraña, como la poeta argentina no buscaba, sabía que buscar era un vértigo. Ella adoraba las palabras: los palíndromos, los haikus y los aforismos. Gustaba de recrearse en lecturas y conversaciones poco convencionales. Curioseaba en los anaqueles de las bibliotecas.



Vivían en distintas ciudades, edades cercanas, cimientos de lecturas juveniles muy parejos, encontrándose en la base de ambos El viejo y el mar y El Túnel.



Él sabía palíndromos en latín, gustaba de recorrer los pasillos de los archivos, de crear debate y sembrar polémica.



Ella lloraba leyendo mientras atendía a los usuarios de la biblioteca.



Él tomaba cerveza.



Ella vino tinto.



Sus respectivos libros se encontraron antes que ellos. Él había dejado sobre la mesa Ferdydurke de Gombrowicz y Ella La Mujer Loca de Millás. Ambos habían llegado al bar casi al mismo tiempo pero absortos en sus lecturas ni siquiera repararon en que habían cogido la misma mesa, soltaron sus abrigos y sus libros y fueron al baño, todavía ajenos al encuentro.

Primero regresó del baño Él y al sentarse cogió La mujer loca y empezó a leer: «…Dice Julia que debió correrse la voz de que poseía una clínica gramatical o algo parecido, de modo que durante los siguientes días empezaron a presentarse en su habitación, mientras estudiaba, frases con problemas físicos y frases con problemas psicológicos…» Ella llegó en ese momento y comprobó que la mesa que había escogido antes de ir al baño no solo estaba ocupada por Él sino que además Él tenía entre sus manos el libro de Ella y leía ávido de curiosidad .

Ella, no vaciló en coger Ferdydurke y al abrirlo, leyó: «Yo no era más que un don nadie y la donnadiedad era mi única institución cultural»

En ese momento, sin obedecer a ningún convencionalismo y más bien por casualidad ambos cruzaron miradas y hubo una agitación como un batir de alas inexistentes.

Ambos siguieron absortos en sus lecturas, que eran en realidad la lectura del otro pero que parecía un guante hecho a medida de cada cual.



Ella se inclinó y le besó como quien recoge algo que se ha caído, como si tal cosa, como si ese no fuera el primer beso, se sentó en las piernas de Él y le estuvo acariciando. No lo había estado buscando pues sabía que buscar no quiere decir ir al encuentro de alguien, sino yacer porque alguien no viene.



Se levantaron, intercambiaron sus libros y un abrazo.