1506. ENRIQUE VI, PARTE 2
Ángel Pinto | piero

El encargado fatigaba tenazmente el desconchado suelo ceniciento. En la sala solo se oía la danza infinita de las teclas (tactactactactac) salpicada por los carraspeos de las palancas de retorno y los golpes secos de los carros volviendo al origen.
De vez en cuando se paraba delante de cualquier mesa, arrancaba un folio de la máquina de escribir y deslizaba sus ojos por la maraña alfabética con precisión militar.
– Pues nada, otro para la papelera, se repitió con fastidio.
Los mecanógrafos se afanaban en su rutina, desnudos en las sillas. A veces se cruzaban miradas de inteligencia y alguno, más atrevido, le atizaba un sopapo en la nuca al encargado.
– ¡Te quieres estar quieto de una puta vez, Marcel! ¡Pareces idiota!
Pero su enfado era fingido. Tras tantos años juntos, le profesaba a todo su equipo un cariño que trascendía lo profesional. Por eso tampoco reaccionó mal cuando Zira y Marcel (¡siempre él!) empezaron a retozar sobre una mesa vacía. Sus manos deletrearon algunas caricias apresuradas, sus labios apenas se encontraron. La ausencia de ropa facilitó la rapidez del coito, abrupto y salvaje.
– Siempre están igual, qué vitalidad…, musitó con un poco de envidia.
El tableteo arrítmico inundaba cada centímetro cúbico del aire. El encargado seguía en su laberinto infinito de arrancar y tirar, arrancar y tirar, arrancar y tirar. Cuando ya estaba a punto de marcharse, se topó con esta línea casi al final de una hoja arrugada:
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El encargado se rascó la cabeza mientras observaba atentamente la hoja.
– Pues al final no se ha dado mal el día, masculló.
Cerró la puerta tras de sí, apresando el denso olor a selva y ahogando el rumor de algunos aullidos simiescos.