Ensayo y acierto
María Concepción Orgaz Conesa | Kubelik

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El olor de la persona que más le gustaba de este mundo, le hacía sonreír desde primera hora. Era imaginarla y sentir como un escalofrío de felicidad recorría su cuerpo entero. Especialmente si imaginaba que la tenía cerca. Eso seguido de un vacío un palmo por encima de su ombligo. Ya era la hora de salir por la puerta y solo había podido pensar en verla. En que hoy, por fin, se iba a atrever a decirle, en serio, lo que le gustaba y pedirle una cita. Lo tenía todo preparado: palabras , chistes por si acaso, caramelos para el aliento por si los nervios, el plan. A ver, las señales positivas parecían claras, ahora que siempre podía estar el margen de error dispuesto a que se estrellara su avión amoroso.



Entró por la puerta de la oficina y la vio junto a la máquina de café. Su momento era ese. Arriesgado sí, lo sabía. Allá iba.



Con suavidad se acercó y, solo con esa cercanía se le endulzaron voz y mirada- Buenos días, ¿qué tal?- Hola- le dijo sonriéndole también con los ojos- ahora sí que son buenos. Respiró y sin dejar de mirar a sus brillantes ojos le dijo- Tengo dos entradas para el concierto de mi grupo favorito, el que te dije que toca esta noche. ¿Aceptarías acompañarme? A mí me encantaría que lo hicieras- sin dejar de sonreír le dijo -¿Me estás pidiendo una cita?- Con alegría y firmeza respondió -Sí- sin dejar de sonreír ella se tomó un par de segundos y le dijo-En ese caso, déjame decirte que acepto encantada solo si después dejas que te lleve a mi sitio favorito a comer el mejor guacamole de Madrid. ¿Te acuerdas de cuál es, verdad?- Asintió con la cabeza sin poder dejar de sonreír. Le pidió el brazo con un suave gesto y con el dedo hizo como que escribía el nombre del lugar. Ella sonrió más , se acercó y le besó con dulzura, apenas rozando sus labios. Él se lo devolvió con la misma dulzura y delicadeza. Tras unos segundos donde todo pareció quedarse en pausa, ella en voz muy bajita y emocionada- Es solo un ensayo-le dijo- seguro que después nos sale mejor. Él, que acaba de sentir como si los mejores fuegos artificiales del mundo les rodearan, la vio irse a su sitio mientras pensaba que era el mejor ensayo del mundo y que estaba deseando que empezara el espectáculo. Porque lo que de verdad les rodeaba era la gente de su oficina que, desde lejos, empezó a comentar, incrédula, la escena de película que acababan de presenciar.