727. ENSÉÑANOS LA PATITA
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

Ya se sabe que había una vez una cabra muy buena y responsable que tenía siete cabritillos muy traviesos y precoces, pero también prudentes como ella, y que un día les dijo que iba al bosque a buscar comida, que no abriesen la puerta a nadie y tuviesen cuidado con el lobo, que se acordasen de que tenía la voz ronca y las patas negras.
Dio dos balidos, saltó varias veces e hizo unas cuantas zapatetas porque aunque era responsable después de todo era una cabra y no lo podía evitar, y salió a campo abierto.
Al poco rato llamaron:
– ¡Tan! ¡Tan! Abrid, que soy vuestra madre.
Los cabritillos ya tenían la mosca detrás de la oreja:
– No, porque tienes la voz más ronca que el pastor cuando viene con resaca. Tú eres el lobo.
Al lobo le sentó como un tiro de cazador y se marchó enfadado. Fue a un corral y ese día no comió gallina, sino una docena de huevos crudos, a riesgo de que le subiera el colesterol, para que se le afinara la voz.
Volvió a casa de los cabritos.
-¡Tan! ¡Tan! Abrid, que soy vuestra madre – dijo con una voz muy fina.
– Enséñanos la patita por debajo de la puerta.
El lobo enseñó la pata como le pedían, y los cabritos al verla dijeron:
-No te abrimos ni de broma. Tienes la pata negra como el carbón, y además unas uñas largas y sucias. Nuestra madre la tiene blanca. Eres el lobo. No nos engañas. Nada. Cero. Has metido la pata, je, je. La pata, la pata. ¿Lo pillas?.
El lobo se marchó que se subía por las paredes. Fue a ver a una cotorra argentina que se había instalado en aquel bosque como especie invasora y que se ganaba la vida como manicura, la cual le dejó unas uñas impecables. Después fue al molino, en un descuido del molinero metió la pata en un saco de harina y volvió a casa de los cabritos.
-¡Tan! ¡Tan¡ Abrid, que soy vuestra madre.
– Enséñanos la patita.
Al ver que era blanca ya iban a abrir, pero el más pequeño, que no se le escapaba una, dijo:
– ¿Y si se ha echado harina? Las apariencias engañan.
-Ya habló el listo -dijo el mayor, que era un mandón y además tenía celos de su hermanito-. ¿De dónde sacas esas teorías?
-De las novelas de Sherlock Holmes.
-Me revientan los intelectuales. Si jugases al fútbol como los demás en vez de perder el tiempo leyendo no dirías tantas tonterías.
El pequeñín insistió:
-Además esas pezuñas parecen de un lobo metrosexual, no de cabra.
El grandullón se indignó:
-¡Vamos, abrid ya mismo! A ver si aquí va mandar este enano.
Abrieron y el lobo se comió el primero al mayor, que estaba gordísimo de lo tragaldabas que era. El pequeñín, escondido en la caja del reloj, se frotaba las pezuñas:
-Je, je, ya te lo decía yo. ¡Elemental, querido Watson!