Entre las flores
Adriana Laura Ruiz | Naroa Lirufe

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Llegué de la mano de mamá, ella me había preguntado si estaba seguro de querer ir, me dijo que no era necesario, que podía quedarme con Ana en casa, que era muy pequeño aún y sería difícil para mí. Pero yo insistí en que iría con ella. Al entrar en la habitación decenas de ojos apuntaron a nosotros. Esas miradas irradiaban un doloroso calor y apreté fuerte la mano de mamá. Toda esa gente comenzó a acercarse, y sus ojos se humedecieron al abrazar a mi madre, tiraban de nosotros para un lado y para el otro, hasta que lograron separar nuestras manos. Hacía mucho calor y las lágrimas que caían sobre mí, se convertían en un vapor caliente que olía a flores, había una cantidad tan grande de flores como yo nunca antes había visto y ahí, entre todas esas flores, estaba él.

Mamá me había anticipado que era la última vez que lo vería y que ya no sería como antes, que no podría hablarme, ni jugar conmigo, que estaría como dormido, pero en realidad era un sueño para siempre, que no se iba a despertar. Estaba dentro de un cajón marrón y tenía un cuello blanco y un montón de claveles blancos que le cubrían el cuerpo, solo podía ver su cara, que tenía los ojos cerrados, me acerqué y le dije “hola papá” pero él no me escuchó, claro, y no me contestó. Cuando le di un beso sentí el aire frío que llegaba directo a su rostro inmóvil y blanco, su cara era lo único frío en aquella habitación que ardía. Me quedé un momento mirándolo asombrado de que no se moviera en absoluto y que estuviese ahí atrapado entre tantas flores, hasta que la tía Augusta me agarró de la mano y me alejó de él. Busqué a mamá y la vi rodeada de sus amigas, cuando me vio me extendió los brazos para que fuese con ella. La abracé fuerte y le dije que tenía mucho calor, entonces me llevó al baño y me lavó la cara con agua fría, pero eso no me quitó el calor, ni el olor de las flores que tenía pegado en la nariz y me daba ganas de vomitar. Mamá me dijo que la tía Augusta me llevaría a casa.

Cuando llegué, Ana estaba tomando helado y mirando los dibujitos en la tele con la abuela, yo me fui al cuarto de papá y mamá y me acosté, hundí mi nariz en la almohada de papá y aspiré hondo. Después de un rato, creo que me dormí.