Entrenamiento
Carmen de la Rosa Moro | Kali888

4.7/5 - (57 votos)

La primera vez iba caminando por la calle y vi unas lucecitas blancas. El suelo desapareció y caí. Vértigo. Cuando volví a pisar tierra, estaba junto a una parada de guaguas. Se detuvo una, abrió la puerta trasera, y subí. Iba solo. Tampoco había conductor. Me asomé por una ventana. A lo lejos me esperaba un grupo de mujeres y hombres que agitaban las manos. Apreté el botón de parada de emergencia. La guagua pegó un frenazo que casi no me mato. Bajé y salí corriendo en sentido opuesto. La carretera era larga y atravesaba un desierto. Volví a caer. Vértigo. Música barroca. Abrí los ojos: un señor barbudo tocaba el violín.

─ ¿Estoy muerto?

El violinista paró de tocar y me sonrió

─No. Está usted en un hospital. Soy músico voluntario.

Suspiré de alivio. Mi compañero de habitación también había sobrevivido a un infarto.

─Ayer pensé que se iba con Dios. Se le paró el corazón unos minutos ─me dijo.

Se llamaba Teodoro y estaba muy contento. A la mañana siguiente nos iban a implantar un desfibrilador. Éramos muy afortunados.

Esa noche morí por segunda vez. Me dolió un poco. Cuando me reanimaron, el cura me estaba dando la extremaunción. Lamenté defraudarlo. Pero regresó más tarde, de madrugada. Llegó a tiempo para dársela a Teodoro. Él sí que falleció de verdad.

Desde que llevo el desfibrilador ya muero más tranquilo. La tercera muerte fue en la playa. Menos mal que estaba en la arena tomando el sol con mi mujer, si no, me habría ahogado. Sentí un apretón en el pecho y enseguida vi las luces blancas. Del chispazo ni me enteré, el aparato es de última generación. Cuando regresé a la vida sentí un poco de vergüenza: la gente en bañador que me rodeaba, los gritos de mi mujer, el parpadeo azul de la luz de la ambulancia. Nunca me ha gustado llamar la atención.

La cuarta fue en un guachinche: una muerte breve. Mi mujer dice que di una cabezada unos segundos. Y cuando resucité ya me estaba mandando las costillas con papas como si nada.

La peor fue la del noventa cumpleaños de la abuela Matilde. Mi mujer me notó en la cara que iba a morirme y me pidió que me aguantase hasta que soplara las velas. Pero no pude y me desplomé sobre la tarta. La abuela se murió del susto. En el velatorio, salí a coger el aire. Vértigo. Sigo dentro de la guagua, que se detiene en la última parada. La puerta que se abre, la gente que me espera: el músico barbudo, Teodoro, el cura, la abuela Matilde, los bañistas de la playa. Mi mujer (recuerdo de repente que nunca he estado casado) me dice: «Bienvenido». Y entonces sé que la primera fue la definitiva.