Entrevista amañada
Jorge Juan Codina Ripoll | Tresjotas

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—Cuando ella me dijo que tenía una entrevista de trabajo en este hotel, me alegré un montón porque las cañas del bar son las mejores del mundo —dice Miguel, levantando su copa fría.

—Ya te digo —confirma el otro—. Igual que cuando me lo dijo la mía. ¡Qué casualidad!

—Tendríamos que quedar más a menudo.

—Ya… Lo vamos dejando, lo vamos dejando…

—Nos da un poco de pereza, tío. —Miguel se echa hacia atrás, se limpia la espuma del bigote con la manga del suéter y estira las piernas bajo la mesa—. Pilla el coche, busca aparcamiento… Y que también vamos seleccionando un poco las compañías.

—No lo dirás por nosotros, ¿no?

—No; perdona, ¡qué va! Al revés, nos caéis genial. Lo que ocurre es que ella se está volviendo como… más sensible, ¿sabes? Bueno, en general, les pasa a todas las tías. Los hombres somos más tolerantes. Pero ellas, se hacen más tiquismiquis. En cuanto empiezan a referirse a tus amigos como amigotes, mal asunto.

—Ya te digo —confirma el otro.

—Y desde que la citaron para la entrevista, lleva unos días insoportable. Es un manojo de nervios. —Miguel da un sorbo largo y se apoya sobre la mesa. Hace un ademán al otro para que se acerque—. Es impresionante. A mí me parece que hay algo más. He notado cosas últimamente; pequeñas cosas que no encajan —continúa, con tono bajo y confidencial a pesar del barullo del bar.

El otro mira alrededor y se asegura de que nadie puede escucharlos antes de preguntar:

—¿Cosas como qué?

—Actitudes extrañas, viajes repentinos al baño a media noche, con el móvil… Y tarda. Y echa el pestillo, como si estuviera ocultando algo.

—Quizás estás leyendo demasiado entre líneas —sugiere el otro, aunque su propia incertidumbre asoma en la voz: la suya atraviesa estos días por un trance similar.

—Es posible, pero puede que haya algo más; algo que no me está contando —murmura Miguel—. Sospecho que tiene faltas.

El otro observa el tono dorado de las luces de la barra a través de la cerveza con una expresión reflexiva congelada en su rostro. Al cabo de unos segundos dice:

—Si está embarazada, más vale que se lo calle durante la entrevista.

Miguel asiente y vacía la copa.

—Ya sería mala suerte —añade el otro—. Pero, no le des demasiada importancia; seguro que está bien, son nervios. La mía también lleva así un par de semanas, con el móvil a todas horas arriba y abajo. Estaba emperrada con el máster; y de pronto, chico, que quiere buscarse un curro. Y aquí estamos también.

—Puede que tengas razón. ¿Otra birra? Parece que tardan en bajar, ¿no?

—Ya te digo.

—¡Qué casualidad, tronco! Con el buen rollito que hay entre ellas, porque lo hay, ¿no crees? ¿Te imaginas que acabaran siendo compañeras?

—Tampoco te hagas muchas ilusiones —responde el otro—. Casi siempre amañan estas entrevistas. Algo me dice que nos quedan bastantes por delante.