287. EPICENTRO DEL PLACER
Manuel Fermín Hernández | Fermín Hernández

Era la primera vez que Julio se acostaba con Cris, la primera vez que usaba un juguete sexual y la primera vez que provocaba un orgasmo que hiciera tintinear los cristales. Orgulloso por el placer proporcionado, Julio se miró al espejo del armario empotrado y se lanzó a sí mismo una sonrisa cómplice. Es más, soltó el control remoto del vibrador y se chocó los cinco a sí mismo, aunque nada más sonar la palmada se sintió avergonzado y quiso disimularlo frotándose las manos.

Sin embargo, el incontenible volumen de los gemidos de Cris refutó de golpe la idea de que el orgasmo era provocado por la maestría sexual de Julio. Inverosímil. Claramente el elemento diferenciador era el vibrador. La máquina ganando al hombre. ¡Qué tristeza! Este puñetazo directo a su masculinidad quebró su pedestal de orgullo.

No se sabe cuánto tiempo Julio pasó ensimismado intentando parar la hemorragia de autoestima que estaba sufriendo, pero de repente escuchó un golpe seco que le hizo volver a la realidad. Un cuadro de la pared se había descolgado y había chocado estrepitosamente contra el suelo. Todo el piso estaba temblando. Miró a Cris. Estaba totalmente ajena todavía sumergida en su clímax. Espalda arqueada, ojos en blanco y piernas temblorosas. Muy temblorosas. Tan temblorosas que la vibración se transmitía a través del colchón, atravesaba el somier, era conducida por las patas de la cama y terminaba agitando baldosas y paredes. Más que nunca, epicentro del placer.

Todo temblaba y, temiendo por la integridad estructural del edificio, Julio se dispuso a actuar. Encontró el control remoto, pero no había botón de apagar. Ni tan siquiera de reducir intensidad. Intentó alcanzar el vibrador para practicar una extracción y desactivar el placer. Sin embargo, nada más rozar el muslo de Cris con la mano, como un acto reflejo, ella dio una patada seca directa al antebrazo de Julio, que, tras recibir el golpe, notó un ligero arqueamiento en su hueso cúbito. Ese cuerpo poseído por la lujuria no iba a renunciar al eterno éxtasis sin luchar. Necesitaba una alternativa.

Cogió el móvil de Cris que estaba en la mesita de noche, pero con el temblor del éxtasis no era capaz de leer su huella. Inténtalo de nuevo, rezaba la pantalla. Julio se sentó sobre su brazo para intentar inmovilizarlo. Por suerte, era menos beligerante con el contacto con las extremidades superiores y así consiguió desbloquear el teléfono.

¿Y ahora? Era violento llamar al contacto “AA Mamá”. Descartado. Abrió el WhatsApp y le enseñó imágenes de sus contactos bloqueados. Pensó que quizás ver a algún ex le bajaría todo el calentón. Incluso, arriesgándose por un contraproducente complejo de Electra, le enseñó fotos de su familia. Nada funcionaba.

Desesperado, resolvió que a veces un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Con pesar, se quitó toda la ropa y se calzó los calcetines y se metió en la cama. El seísmo, el orgasmo y el interés sexual de Cris en Julio cesaron al mismo tiempo.