EPITAFIO DE LUNA
MARIA SERGIA MARTIN GONZALEZ | SAMARKANDA

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Apalancar la puerta resultó mucho más complicado de lo que había pensado en un principio. La pequeña ganzúa, que cogí en los comedores, se dobló como una plastilina cuando me disponía a hacer palanca.

—Estas malditas cerraduras…

—Quizás, con esto sea más fácil… —dijiste divertida mostrándome un cincel del taller de marquetería que llevabas escondido bajo tu falda.

Volví a intentarlo, ahora con más fuerza, y esta vez funcionó.

—Trabajo en equipo, mi vida, como el cuento de las arañas que tejieron juntas su tela para atrapar al león.

—Te quiero…

—Yo, también, te quiero.

En pocos minutos éramos libres.

Me acerqué a comprobar que las gotas, que nos daban para dormir, habían dejado noqueada, al menos por unas horas a doña Greta, la gobernanta. Caminamos despacio hasta las dunas, con el único abrigo de la noche, disfrutando de la brisa salada que se nos pegaba a la piel como un adhesivo. Allí, junto a un tronco abandonado, te quitaste la ropa y aquella pulsera horrible que te pusieron nada más llegar. Te vi correr hacia el agua. Tan bonita. Tan feliz. Tan rebelde.

—Está buenísima —dijiste invitándome a entrar.

En ese instante, sentí celos de las olas que te abrazaban rodillas, caderas, cintura y pechos y corrí a imitarlas con ansia.

Era nuestra primera cita fuera de la residencia. Era la luna más brillante que habíamos visto nunca actuando como testigo. Era nuestro primer beso de verdad. Éramos dos ancianas apurando a rabiar el último amor. Era la primera vez que te veía desnuda.