456. ERMELINDA
Violeta Niebla | Wendy Canales

En uno de sus múltiples trabajos, hubo una época en la que mi madre cuidaba a una vecina de su misma planta, Ermelinda, una señora asturiana que se había quedado viuda a los 103 años. Se podría decir que mi madre ha cuidado a casi todos los viejos de su bloque, y más tarde, a los del barrio por extensión. Como era un trabajo que requería muchísimo tiempo e incluso tenía que dormir allí con ella, hubo una noche que para sacarme un dinerillo y/o ayudarla, le dije que me iba a dormir con Ermelinda. Me parecía un trabajo redondo en el que me pagaban por mi presencia. Mi hora de llegada era cuando la mujer ya había cenado. La dinámica era muy sencilla: se ponía a ver la tele un ratito en el salón y después se acostaba. Yo solo tenía que estar allí, hacerle compañía y estar atenta por si pasaba algo y tenía que llamar a alguien de urgencias. No recuerdo mucho pero sé que no me caía muy bien, que la vieja tenía un poco de mala leche y que estaba muy loca, aunque no podría decir el porqué. Tengo en la memoria la fotografía del salón totalmente iluminado con una lámpara de araña, un mueble marrón oscuro que cubría toda una pared y las dos sentadas en un silloncito mirando Canal Sur. Después, a la cama. La casa tenía dos habitaciones separadas por el baño. Por la noche tenía que dejar la puerta abierta, porque justo esa era mi misión. Si la mujer se levantaba y se caía yo estaría ahí para ayudarla. Finalmente nos quedamos a oscuras. Al apagar la luz, el oído se aguza y la banda sonora pasó a ser un inquietante rezo siseado que además era interminable. Después silencio. Era una mujer de estas que puedes imaginar durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado. Creo que lloriqueó en algún momento. No sé si hablaba con alguien y si lo hacía, yo no lo quería saber. No bajé la guardia en ningún momento y en la oscuridad mi cabeza empezó a jugármela. Solo podía imaginarla yendo a la cocina, cogiendo un cuchillo y entrando en mi habitación para matarme. ¿Por qué? No lo sé. No habíamos hablado de eso antes de dormir ni tampoco habíamos visto Psicosis. Pero la lógica de toda esa noche desembocaba en mi cuerpo sangriento sobre la cama de invitados. Tal desenlace estaba consiguiendo que yo entrara en una crisis nerviosa o de ansiedad o sencillamente lo que me pasaba es que estaba muerta de miedo, ¿vale? Serían las tres de la mañana cuando decidí tirar los dados por sigilo, levantarme como un ninja y salir de allí. No todo va a ser dinero.