255. ¿ES USTED EL ÚLTIMO?
Francisco Rodríguez Criado | Señor Breve

–Disculpe, ¿es usted el último?
El hombre se gira hacia mí y me dedica una mirada torva.
–¿Me lo pregunta a mí?
–Sí.
–¿Y por qué? –quiere saber.
Corajudo, aproxima su rostro al mío.
–¿Por qué qué? –repregunto.
–Que por qué piensa que yo y no otra persona he de ser el último.
A este qué demonios le pasa, pienso. Estamos a las puertas de una farmacia en plena pandemia, y se muestra irascible porque le he preguntado si es el último de la cola. Si te cuelas, malo. Si preguntas quién es el último, malo también.
–Siempre debe de haber un último, ¿no? –alego un tanto cohibido.
–¡Ja! Y usted cree que ese último he de ser yo.
–Hombre, yo……
–Usted, tan señorito, tan bien vestido, con esos zapatos que costarán un ojo de la cara, esa camisa tan planchadita y ese chaleco de marca. Claro, ve a un individuo como yo, mal afeitado, con pantalones baratos y zapatillas viejas, y no piensa otra cosa que “este tipo debe de ser el último”.
–No quise faltarle. Es solo que me pareció……
–Le pareció que es mejor que yo, ¡dígalo ya! Usted, con ese aire de superioridad, siempre mirando a los demás por encima del hombro. Siempre disfrutando lo mejor: los mejores colegios, las mejores vacaciones, las mejores universidades, los mejores coches, las mejores mujeres. ¡El primero en todo lo bueno!
La actitud del hombre es cada vez más agresiva. La señora que está delante de él, bajita y de avanzada edad, le toma amistosamente del brazo.
–No le haga caso –le dice–. Hay gente a la que le gusta insultar por insultar. Mi yerno es así: se cree más que nadie.
–Oiga, señora, que yo –intento defenderme.
–¡Usted se calla! –tercia una joven que acaba de aparcar la bicicleta junto a la farmacia–. Lo he oído todo. ¡Y ya está bien, ya está bien! ¿No sabe lo que es la educación? ¡Qué manía con faltar el respeto a los demás.
Todas las personas que están en la cola se giran hacia mí y se ponen a cuchichear primero, y después, poco a poco, comienzan a increparme. El ambiente está enrarecido. En esto sale el farmacéutico, alertado por el lío, y al enterarse de lo ocurrido me pide que me marche. Yo intento ejercer mis derechos de ciudadano libre, pero ellos, cada vez más hostiles, me rodean, me insultan, me zarandean. Ya veo una mano bien abierta, acercándose a mi cara, cuando escucho una voz a mi espalda.
–Perdone, ¿es usted el último?
Iracundo, me giro hacia él y, muy herido por su pregunta, comencé a gritarle. Pero aquel chulapo, incapaz de asumir su error, me levantó un dedo en señal de advertencia. Sí, el mismo dedo que mordí con furia.
Pero dígame si no hubiera hecho usted lo mismo, señor juez, si alguien le hubiera faltado el respeto de esa manera. ¿O acaso no tengo razón?