ESE ESPACIO DONDE TODO
Iván Cuerda Serrano | Gavilán

Votar

No voy a negar que tuve miedo del encuentro; un pánico asfixiante. Desperté, si es que puede llamarse despertar a retomar una conciencia dudosamente demostrable, en un espacio inmaculado y brillante. Era como una sala blanca de psiquiatra, vacía de mobiliario. No sabía si había ido bien; si aquello era la nueva vida o la certera muerte.

Unas voces tomaron importancia, cada vez más notables y claras. Me pareció identificar a los agradables auxiliares de quirófano. Después oí la voz de la doctora Alazne. Estaban fuera del espacio diáfano en el que yo ꟷo algo parecido a míꟷ podía encontrarme. De la nada, un contorno oscuro se dirigió a mí. Debía ser él, debíamos de habernos encontrado al fin. Traté de acercarme para que lo borroso se volviera nítido, pero, pese a mis esfuerzos por moverme, nada me acerqué. Solo la silueta poseía la facultad del movimiento en aquella especie de placenta en la que yo ꟷo algo parecido a míꟷ me encontraba a disposición y voluntad del ambiente. Eso se acercó con cautela, insistiendo en la misma pregunta una y otra vez. Que quién era yo. Que qué hacía ahí dentro. Distinguí primero una figura humana, luego el color de su piel y después los pelos, las arrugas y el marrón del iris de sus ojos. Se acercó tanto, encontrándome yo incapaz de moverme, que agonicé. Nadie me había dicho cómo sería el viaje, ni si llegaría a completarse. Ningún voluntario anterior había regresado para contarlo. Parecía que este se tratara de un viaje con billete de ida. Eso se transformó en él. Ya ante mí, a una distancia que no alcancé a calcular por ser yo incapaz de sentirme a mí mismo, comprendí que todo había salido bien. Yo estaba y, gracias a mí, él era. Ahora seríamos, aunque me quedara a vivir, sin voluntad propia, en aquel espacio etéreo. Pero el miedo pasó y la satisfacción tomó su lugar. Experimenté un éxtasis interior incuantificable y entendí a todos aquellos que fueron antes que yo y por qué decidieron no volver. El placer trascendió cualquier sensación experimentada en treinta años. Todo tenía un sentido en aquel momento. Él dejó de cuestionar mi presencia en lo que parecía su espacio. Su inquietud por haber vuelto a donde no creía que volvería, pasó. Pareció comprender que ahora aquel espacio era nuestro, aunque nunca nos podríamos comunicar. Seguro que en algún momento lo comprendería. Sería la doctora Alazne o su mujer quien le hiciera comprender. En adelante, despertaría, sonreiría y abrazaría. Besaría. Tomaría su raqueta de tenis, caminaría bajo el sol y animaría, de nuevo, a su hija desde la grada. Buscaría su butaca en el cine, repararía una estantería y miraría por la ventana un día de lluvia.

Y al llegar el sábado, en su restaurante favorito, se detendría a saborear cada bocado de su deliciosa pizza boletus. Eso haría de nuevo.

Eso y todo, como la primera vez.