1087. ESE INVENTO DEL DEMONIO
Gloria Martín Rodríguez | Jimena del Trigo

Ayer tuve que oficiar una boda, un privilegio que tenemos los concejales de pueblo.
Elegí para la ocasión mi vestido negro de lunares que me queda muy pinturero. ¡Ojo! Siempre y cuando cumpla la regla de oro sesentera respecto al estilismo femenino que me enseñó mi madre, que en paz descanse: usar braga-faja. La regla de plata me la enseñó una amiga de la familia que un día me vio por la calle un poco suelta y me apretó los tirantes del sujetador hasta que me cortó la respiración.
— Llévalos así aunque te sangren los hombros —me dijo. Nunca olvidaré aquella lección de feminidad.
Ellas eran mujeres de otra generación. Por falta de tiempo y probablemente de gusto estético, yo adopto una estética más tipo grunge. Casa mejor con mi personalidad y con mi condición de militante de izquierdas, lo cual está más o menos asumido por el electorado. Doy gracias a la Providencia por no verme obligada a ir todo el día de punta en blanco. A veces me preguntó a qué hora hay que levantarse para conseguir ese aspecto divino que muestran algunas de mis congéneres en el Pleno municipal. Una vez le pregunté a una concejala del PP si ella tenía chándal y si las partes de arriba de sus pijamas combinaban con las de abajo. Pura curiosidad.
El vestido negro de lunares me lo compré para la toma de posesión de la nueva Corporación. Que digo yo que si Letizia recicla modelitos puede hacerlo también esta humilde súbdita. Pero, ¡horror! Sólo tenía disponible mi braga-faja color marrón. Temí que, en una de estas, mi lencería viejuna quedara inmortalizada en el álbum fotográfico de los novios. ¡Menudo escándalo! Así que me acerqué como las locas a la mercería de la calle Real a comprar una negra a ojo de buen cubero, sin tiempo para meterme en la trastienda a hacer probaturas. Ni me paré a saludar a mi amiga Helena, que debió pensar que soy una borde.
A eso de las seis y media iba ya con la hora pegada, así que forzosamente hube de prescindir de los quince minutos de reloj que necesito para embutirme en ese invento del demonio y que no me salgan mollicas por ningún lado. Los excesos navideños no contribuyeron precisamente para bien, así que saliendo por la puerta la cosa se me hizo rollo por debajo del lomo alto. Cuando llegué al Ayuntamiento ya con hipoxia, la pobre Chumi del PSOE, que venía de oficiar otro enlace, tuvo que ponerse en plan moza de espadas detrás de las escaleras y arreglarme el tema como pudo.
Al acabar la ceremonia no tuve el valor ni la agilidad para desfajarme en el coche, que era lo que gritaba interiormente todo mi ser. Pasé por delante del cortejo nupcial.
— Sonríe, Gloria. Sonríe y mueve la mano a lo Lady Di.