ESE MIEDO
ELENA OLIVELLA | GOE

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Tras la operación pasé unos días como si estuviera encerrada en una jaula con barrotes hechos de dolor. Con la llave de los analgésicos, la puerta de esa jaula comenzaba a abrirse y pasé a ser una especie de bella durmiente, pero con un ojo abierto y el otro cerrado y muy alejada de una vida de cuento. No necesitaba el beso de nadie para despertar.

Cuando no dormía, merced a los efectos de los calmantes, imaginaba el “De ahora en adelante” con esa metamorfosis que acababa de sufrir en mi cuerpo a base de hormonas, de quirófanos, de galenos, de bisturís y de valor. Quitar por aquí, poner por allá.

De piel para afuera, ya era lo que siempre había querido y que concordaba con lo que había de piel para adentro. Ya no era Juan. Era Victoria y así lo decía mi DNI. Con el paso de los días dejé de girarme cuando alguien llamaba a un tal Juan y a darme la vuelta cuando llamaban a Victoria. Pronto adapté el género de las palabras a mi nuevo yo. Ya no era guapo sino guapa, ya no era nervioso sino nerviosa.

La primera parte estaba hecha. Ahora, tocaba salir al mundo, que no dejaba de ser el mismo de antes por mucho que una servidora hubiera cambiado. O eso pensaba yo con párvula ingenuidad.

Me miraba en el espejo, más diría, me contemplaba como un esteta ante un lienzo de Caravaggio. Y lo que veía me gustaba.

Aunque Juan ya no estaba, con todo lo que él había sido, sus manías, sus defectillos y sus cosas buenas se hizo una mudanza para amueblar mi nueva vivienda, mi nuevo cuerpo. Victoria y Juan, compartíamos pasado y alma.

Cuando las heridas dieron paso a las cicatrices y la operación se iba alejando, comencé a entrar de nuevo en eso que llaman normalidad aliñada de rutina. La echaba de menos.

Moni me había invitado al cumpleaños de su última pareja (su futura penúltima pareja). Era mi primera quedada con gente tras la operación.

Sobre las once salí de casa. Me encontraría con Laura frente a su portal. Juntas iríamos a casa de Moni. Anduve calle abajo. Al girar, un hombre se me acercó y me soltó un “¿Dónde vas, nena? Estás muy solita, ¿quieres que te acompañe? Juntos podemos pasarlo muy, pero que muy bien”.

El hombre invadía mi espacio. Sentía su aliento sobre mi piel. Me aparté y el tipo se puso delante cortándome el paso.

En cuanto pude, aceleré. Me fue detrás y me cogió del brazo. Le di una patada y comencé a correr sin parar. Miré hacia atrás y el individuo había desaparecido. Estaba asustada. Era la primera vez que sentía esa clase de miedo. Siendo Juan, nunca había experimentado esa sensación. Seguí andando, pero esta vez, mirando a un lado y al otro. Me sentía como una presa a la que en cualquier momento un cazador agazapado surgiría de la oscuridad.