Esos ojos negros
Julia Serrano | Snorkita

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De todos los cuerpos que giraban y saltaban a su alrededor, ella solo miraba a unos ojos negros que se perdían entre aquella sala, aquella noche, aquella ciudad y aquel país.



Se movió instintivamente al ritmo de la música, siguiendo la mirada de una persona que le acababa de robar el corazón. Buscaba su cuerpo con ansia, su corazón se le salía del pecho cuando sus ojos no encontraron aquellas pestañas que revoloteaban al cerrarse y al pestañear.

La muchacha, totalmente perdida, salió fuera del local, alejada de la música y todo lo ajeno que no fuera aquella persona de la cual se había enamorado.

La noche recorría las calles antiguas de Madrid, un frío de verano la hizo temblar de un escalofrío. A su lado, los ojos negros la examinaban acompañados de una sonrisa que podía quitar el aliento. La muchacha se giró y, como si hubiera mirado a Medusa a los ojos, se quedó de piedra.



-Vámonos. – Dijeron los ojos negros.

Ella por supuesto aceptó la invitación. Vió como su acompañante encendía un cigarro y se lo aproximaba a los labios, unos labios rojos, dulces y suaves, que desde luego, no le habría molestado probar.

La luna rociaba sus cuerpos, no lo suficiente para ver enteramente sus rostros, aún así, con tan solo una mirada, un roce, una palabra, un gesto les habría bastado para quedarse allí para siempre.



-Bésame. – Dijo ella. Los ojos negros la miraron, con el pelo revuelto y una sonrisa. Sus manos la abrazaron y se fundieron en un beso lleno de un amor joven y descuidado. Como un primer beso, era una primera cita, llena de inocencia e ilusión infantil.

Se miraron, se amaron, y eso bastó.



El cielo aclaraba, las calles aún vacías eran el recuerdo de una juventud perdida. Los borrachos volvían a sus casas y los sobrios salían de ellas.

La muchacha se agarraba de su mano, aferrándose al deseo y a una libertad prometida.



-Júrame que te quedarás. – Preguntó ella, susurrando al oído.



-No puedo hacer promesas que no cumpliré.- Respondieron los ojos negros.



-Te amo.



-Yo también.



-Entonces quédate.



-No puedo.



El sol salió, la luna desaparecía con la luz, desvaneciéndose en la nada.

La chica se sentó sola en un banco, viendo a la gente pasar por la Gran Vía, sin encontrar a sus ojos negros, sus labios rojos ni a su proclamada libertad. Le habían robado su amor, y su corazón arrancado, seguiría buscando a esos ojos negros.