1075. ESPÍAS EN UN SALÓN
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Caroto

García espiaba a Ramírez sin saber que Pereyra lo espiaba a él. Escondido tras la columna, Pérez vigilaba a Pereyra y a su vez era espiado por Gómez. García no sabía por qué tenía que espiar, nadie se lo había dicho, pero Pereyra lo tenía bien claro y debía reportar cualquier movimiento sospechoso de su espiado (aunque no le habían explicado que movimiento se consideraba sospechoso). Por su parte Pérez hacía que espiaba a Pereyra pero lo único que le interesaba es que Sánchez lo espiara a él. Por eso realizaba movimientos sospechosos aunque no sabía que lo eran.
Salcedo y Bermúdez no se quitaban los ojos de encima, sentados de frente y muy
cerca. González y Solís, en cambio, se inspeccionaban de reojo, con disimulo.
Mimetizado con el cuadro ubicado junto a la escalera Hernández fijaba su mirada -a través del espejo con marco labrado- en Hernández, mimetizado con el cuadro junto a la escalera.
Álvarez agudizaba su ojo izquierdo -por el pequeño orificio practicado en el
periódico- siguiendo cada detalle de los movimientos de Gutiérrez que -sin saberlo
Álvarez- examinaba a su vez el accionar de Martínez.
Observando desde lo alto a todos y cada uno de ellos Fernández no tenía idea de que
Martínez lo observaba oculto tras el cortinado.
Por la puerta principal entró un hombre ocupando la mesa central del salón. García, Ramírez, Pereyra, Pérez, Gómez, Sánchez, Salcedo, Bermúdez, González, Solís, Hernández, Álvarez, Gutiérrez, Martínez y Fernández pusieron un ojo sobre él, el
otro lo mantenían espiando a su vigilado (a excepción del tuerto Bermúdez que con su
único ojo iba y venía escudriñando a los dos). García estaba casi convencido que el hombre que había ingresado era Domínguez (pero no podía asegurarlo); para Fernández no era otro que Aguilar; Ramírez le veía un parecido a Vidal; Martínez juraba no haberlo visto en toda su vida; para Pereyra ese hombre era Benítez, Suárez, Ledesma o Villanueva aunque quizás fuera Navarro; Gutiérrez dijo: es Díaz; Pérez le vio un parecido a Romero; Álvarez sostuvo: es Ibarra pero lleva ropa de Rodríguez; Gómez, Hernández y Sánchez afirmaban que era Morales; Solís dijo: se parece a mi hermano que es igualito a Quiroga; para el tuerto Bermúdez el sujeto era igual a Salcedo.
El hombre, que según Pereyra también podría ser Otero, Estrada, Quintana o Muñoz, sacó un cuaderno de su portafolio y en voz alta y enérgica comenzó a nombrar a
cada uno de los presentes.
Álvarez fue el primero en responder asomando su cabeza sobre el periódico: ¡Aquí
estoy! –
Luego fue el turno de Bermúdez. ¡Por acá! –gritó.
Martínez apareció detrás del cortinado, Hernández se sorprendió dando presente al
mismo tiempo que su vigilado y Pérez salió detrás de la columna.
Así uno tras otro.
Terminada su tarea el hombre, al que ahora Pereyra lo veía parecido a Robles (sin
descartar que pudiera ser Acosta) guardó el cuaderno en su portafolio y se marchó a
paso firme.
Todos los hombres se fueron tras de él.