275. ESPÍRITA
Maria Cruz Quintna Tello | Marimorena

Sucedió así: mi alma flotaba por un túnel oscuro, al final del cual me aguardaba una esfera de luz blanca. Vislumbré una silueta en la distancia. Supuse que sería la de algún antepasado dispuesto a guiarme en el último trance. Pero, conforme avanzaba, me invadía una sensación de inquietud. ¿Por qué la silueta se ponía en jarras? ¿Por qué me cerraba el paso? ¿Por qué se parecía tanto a mi difunta suegra? ¿Qué demonios hacía ella?
-¡Contigo quería hablar, Guzmán…! -dijo, acre, acerada, desagradablemente.
De haber tenido cuerpo, me lo habrían recorrido los más intensos escalofríos. No obstante, armándome de valor, pregunté:
-¿De qué?
-¡De mi retrato, el que os dejé de recuerdo!
Guardé un silencio culpable. Su retrato llevaba meses en el trastero, escondido.
-¿Acaso no dije bien clarito que lo colgarais en vuestro salón?
– Eee… -me limité a balbucear.
-¡Bah! ¡Ahora mismo vamos a ver a mi hija para resolver este asunto!
La idea era pésima. A Carina, mi viuda, le iba a dar un patatús al vernos. Quise resistirme, pero entonces mi suegra atenazó mi fantasmal brazo y en un santiamén me sacó del túnel.
Por suerte, acto seguido, de vuelta en el mundo, en una calle cualquiera, un travieso pomerania captó la atención de mi suegra y pude darle esquinazo.
Luego llegué en alas del viento a un barrio del extrarradio y estudié el terreno.
Necesitaba esconderme. Elegí un pisito con un solo morador, de sanas costumbres y cuarentón, como yo. Durante unos días no di la lata, pero aquello no podía durar eternamente, y decidí manifestarme.
Ángel, mi anfitrión, casi se muere del susto.
-Ante todo, aclarar que esta cohabitación es temporal y que no tengo deseo alguno de atormentarlo con lamentos, aullidos, etc. -dije-. Aunque, si quiero, puedo hacerlo.
Se removió en el sofá.
-Necesito su colaboración, o mi suegra nunca me dejará en paz.
Le puse en antecedentes, y, tras unas confortantes copitas de anís, respondió:
-No diga más. Estoy soltero pero sé de lo que es capaz una suegra. Haré cuanto esté en mi mano para ayudarle.
Trazamos un plan: él se entrevistaría con Carina al objeto de darle detallada cuenta de los anteriores y espectrales hechos, lo que realizó de inmediato. Que Ángel tuviera buena facha, mucha labia y pareciese fiable contribuyó sin duda a que todo saliera a pedir de boca. El retrato se desempolvó. Mi suegra fue colgada, con perdón, como deseaba, dominando el salón. Sin embargo, la cosa no acabó ahí. Aquellos dos volvieron a verse. Numerosas veces. Hubo citas, confidencias, viajes a tutiplén…, que dieron pie a un romance. Al cabo, Carina y el retrato se mudaron a casa de Ángel, quien me invitó a marcharme. Lo consideré razonable. Tres son multitud. Además, cuando uno quiere a alguien, desea su felicidad, y yo quería a Carina. Así que me fui sin armar alboroto. Busqué el oscuro túnel y al fin me sumergí en esta esfera, en cuya clara luz floto, serena, gozosamente, por siempre jamás.