ESPONTÁNEO
ERNESTO PÉREZ ESTEVE | Hércules

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Coincidimos todos los días en metro para ir al trabajo. Yo intento situarme frente a ella, algo escorado, para contemplar unos ojos verdes que me cautivan.

Siempre llevo un libro, pero no consigo concentrarme en la lectura. Cada párrafo leído acaba con mi mirada escrutando esos enigmáticos ojos. Y esas miradas furtivas son correspondidas por ella con su más absoluta indiferencia.

Y así todos los días. Ni yo, por introvertido, ni ella, por su evidente falta de interés, nos decimos nada.

No soy mucho de esas cosas, pero mi desesperación, alentada por esa recalcitrante timidez y por mi torpeza con las chicas, me lleva a acudir a una curandera experta en hechizos de amor. Al menos eso reza en la publicidad que encontré en el parabrisas de mi coche.

Esa señora me receta un sencillo sortilegio, una especie de anclaje de amor, para el cual se necesitan los siguientes ingredientes: Una foto mía, otra de ella, una vela roja, y una oración a propósito para la ocasión.

La foto mía, la vela roja y la oración es pan comido, pero… ¿cómo consigo una foto de ella?

Decido robarle una foto con mi móvil. Para ello ese día me sitúo en línea con ella, de modo que, aunque de perfil, la veo bien.

Cuando disparo la foto veo que tiene a un chico al lado, situado entre ella y mi móvil, pero ella sale perfectamente. Aparece también su acompañante, pero confío que la foto valga para el caso.

Ese mismo día ejecuto el ritual para el anclaje. Dispongo las fotos enfrentadas, como besándose, junto a la vela, y recito la oración. Bueno, a ver qué pasa.

Realizado el embrujo, al día siguiente me dispongo a observar expectante algún cambio de actitud en mi amada. Para estar bien atento, hoy no me llevo ni el libro acostumbrado, aunque después me arrepiento; quizá me hubiera servido para disimular un poco.

Subo al metro, tomo asiento, no frente a ella, sino algo escorado como siempre, para verla en diagonal y… mi gozo en un pozo. Ella sigue lanzando su preciosa sonrisa a todos menos a mí, como de costumbre.

Al cabo, en una de las paradas se sienta un chico justo enfrente de mí. Está todo el rato mirándome. Al principio me resulta un poco incómodo.

«Vaya, me suena bastante. No será…», pienso, algo confundido.

Yo sigo mirando a la chica, pero el chico no me quita ojo y me muestra una bonita sonrisa, la verdad. Y pone unos morritos de lo más amorosos.

El chaval detecta mi incomodidad inicial y se presenta, muy simpático, indicándome que últimamente que me viene observando en el metro y que no conseguía captar mi atención.

—Hasta ayer —me dice con una sonrisa pícara—. Reconozco que me sorprendí bastante cuando me sacaste la foto con el móvil. ¿Salí guapo?

Y así, sin más, cuando conseguí salir de mi asombro, pensé que ese podría ser el comienzo de una hermosa amistad. O algo más, quizá. ¿Quién sabe…?