367. ESTÁ DE MODA
Sonia Arranz Moreno | Soni

Mi marido me ha llevado a juicio por fea. Dice que no soy la mujer con la que se casó. Para que luego digan que nosotras nos casamos esperando a que ellos cambien y ellos esperando a que nosotras no cambiemos. En realidad, todo comenzó por querer perder unos kilitos. Parecerá sinónimo de enfermedad o de carestía, pero estar delgada está de moda. Tras consultar dietas sanas en internet, reuní a mi marido y a mis dos hijas universitarias para informarles de los cambios que a partir de entonces íbamos a adoptar. Reconozco que no se mostraron muy entusiasmados cuando expliqué que seguiríamos una dieta macrobiótica. Por supuesto, los primeros días fueron difíciles. Aunque las niñas comenzaron a comer en la universidad debido a un cambio de turno en sus clases y mi marido no venía a casa por una afición hasta entonces desconocida que le absorbía justo a las horas de las comidas. Así que fui yo la única en notar los cambios. Adelgacé casi veinte kilos en dos meses. Sufrí de un exceso, o para ser más exacta, de un derretimiento de piel. Tuve que recurrir a tratamientos estéticos. Hay miles. La cuestión es que se comienza por querer recuperar la firmeza, que yo ya tenía, se continúa por querer eliminar la piel de naranja, manchas, cuperosis, que no sabía que tenía, por disimular la edad, que empezaba a tener, y poco a poco se acaba haciéndolo todo, porque lo uno sin lo otro parece no funcionar. Luego llegó el deporte. La masa muscular se pierde con la edad. Hay que estar delgada, sí, pero con glúteos fuertes y voluminosos, cuádriceps firmes y brazos definidos. Mi marido ya por entonces llegaba tarde, nos veíamos poco. Las niñas decidieron también evitar la cena, llegaban directas a dormir. Los fines de semana me pasaba el día en el gimnasio donde me hablaron de la micropigmentación porque las cejas muy anchas están de moda. Preferí hacerme un injerto capilar procedente de la nuca con un prestigioso médico íraní. Ahora tengo que cortarlas con frecuencia, en ocasiones se enredan, pero me encantan. Lo mismo que la melena, con las extensiones me llega a la cintura. Los dientes con carillas de porcelana son tan blancos y grandes que a veces ni puedo cerrar los labios, claro que también están rellenos. Cuando sonrío los pómulos a veces me ocultan los ojos. La nariz respingona, la que deja al descubierto los orificios nasales mientras se habla, también está de moda, pero precisaba de cirugía y postoperatorio. Para ausentarme de casa me inventé un retiro espiritual que se prolongó, porque también está de moda tener los pechos turgentes, talla cientoveinticinco, y glúteos descomunales con prótesis, puedo sostener un vaso lleno a cada lado. Cuando regresé, las niñas dijeron que yo no soy su madre y mi marido me gritó que hacía semanas que había denunciado mi desaparición y que no me reconocía. Pero para mí que se están vengando por lo de la dieta macrobiótica.