760. ESTATUA DE UN FILÓSOFO GRIEGO
Manuel Belmonte Iglesias | Max K. Naya

Aquí, en un parque municipal al sur de Madrid, rodeada de ecuatorianos que juegan al voleibol y de adolescentes que ingieren alcohol continuamente, vivo yo, la estatua de un filósofo griego. No sé qué hago aquí, la verdad, qué extraños motivos han impulsado a mi ubicación en este lugar, pero bueno, es normal, tan sólo soy la estatua, es decir, la forma de bronce, y no el filósofo. Ni siquiera sé a qué filósofo griego represento, y si sé quién soy, es tan sólo gracias a un padre listillo que paseaba un día junto a su hijo de unos once años: “Mira, un ciruelo japonés, mira, un álamo. Mira hijo, una estatua de un filósofo griego. De cuál, preguntas, hijo, pues no lo sé. En el pedestal sólo pone eso… “filósofo griego”. Puede ser cualquiera, Sócrates, Platón, Diógenes… La verdad es que está tan mal hecha que no me recuerda a ninguno…”
Pues eso, que soy la estatua de un filósofo griego (quién sabe cuál) y además mal hecha. La verdad es que el comentario no me molestó, no sólo porque tengo el corazón de bronce y por tanto, inmune al desprecio ajeno, sino porque ya cuando los operarios del ayuntamiento me colocaron aquí, tuve que escuchar: “Hay que joderse, que esculturas más feas. Todo porque la escultora se tira al concejal de Hacienda y nos tiene todo el pueblo lleno de estos engendros”.
En fin, aún así, no creo yo que sea tanta mi fealdad para haberme puesto aquí, a más de cuarenta grados, sin un mal árbol que me de sombra, que ni las palomas se atreven a posarse en mi cabeza para llenarme de excrementos. Si al menos, me hubiesen colocado ahí en frente, bajo el castaño de indias, como a esa escultura del anciano con boina, sentado en el banco. ¿ O será, quizás un jubilado que se ha quedado ahí, difunto, y nadie se molesta en retirarlo? No sé, desde que conozco a los seres humanos, he comprobado que tienen su corazón aún más duro que el bronce del que está formado el mío. No sé qué opinaría de todo esto el filósofo griego al que represento. No importa. Ni siquiera yo sé quién es.