ESTEROIDES
HERMINIA-PAZ DIONIS PIQUERO | BRISCA

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Querido papá



No sé qué te contarán los chismosos antes de que recibas esta carta pero los dos sabemos cómo se las gastan en los pueblos; no hagas caso de nada y cree en mí que soy la única persona que te queda en el mundo y la que más te quiere, eso ni lo dudes.



El viernes pasado los jefes me ordenaron que fuera a ver a mi cliente a su gimnasio para cotejar la información que tenía. Llevaba la carpeta repleta de informes médicos y ensayos clínicos sobre los esteroides anabolizantes que había estado tomando. Debía indagar desde cuando se los había suministrado su antiguo entrenador, la llave principal del proceso. Sólo había hablado con ella por teléfono (eso sí, unas cincuenta veces) pero me tenía completamente enamorado su calidez y lo tierno de sus comentarios, cada vez más personales e íntimos (lo sé, no es muy profesional pero el corazón no suele ser racional).



Cuando entré en la sala ella estaba levantando pesas de 100 kilos sin esfuerzo. El maillot marcaba su abultada musculatura. Su voz ronca resultaba perturbadora (siempre había pensado que es que tenía faringitis cuando nos telefoneábamos). La toalla alrededor del cuello le empapaba el sudor, se le había abierto por delante dejando ver su nuez masculina. Y juro, ante cualquier tribunal, que ninguna mujer me había provocado una sensación tan enervante, por eso me abalancé sobre ella para besarla apasionadamente.

Sólo cuando noté el pinchazo de su bigote desperté del hechizo amoroso y tras el incidente eché a correr abandonando el local, el bufete, la ciudad y la abogacía por motivos obvios.

Espero que tú, como abogado retirado, puedas comprenderme.

Con todo cariño,

Tu hijo



PD: Cuando las comadres dejen de reírse me pasaré a verte.