59. ESTO ES ALGO ENTRE LA VENTANILLA Y YO.
sonia gonzález | Songbr

Madrid. Agosto. 16:30h. Nos montamos en el coche con intención de ir a Ikea.

Digo “con intención” porque este coche es como un nonagenario, cualquiera puede ser su último viaje. Eso, unido a la falta de aire acondicionado, convierten a Manolito (así lo llamamos) en una máquina de matar, ya sea por nervios o por golpe de calor.

Sentada en el asiento del copiloto, bajo la ventana en un intento de rebajar el ambiente de esta sauna automovilística mientras mi hermano me habla de su última cita con la dueña de un sex shop.

Por un momento pienso en ella. Cuando tu curro es algo tan personal como el sexo, hablar de sueldos, pedos o zurraspas pasa a ser bastante banal.

Nos ponemos en marcha y el viento es un suspiro de aire nada fresco, pero al menos me permite respirar. Sin embargo, sé que mi gozo se acerca al pozo, pronto entraremos en la autopista y con ella, la batalla.

Cogemos la salida, mi hermano sigue hablando de su cita erotico-festiva, pero yo ya no le escucho, estoy concentrada en mi enemiga: la ventanilla. La muy sinvergüenza ha convertido el fresquito que proporcionaba en un agresivo tubo de aire que me sacude la cara violentamente y suena como una lavadora de los 70.

Aprieto el botón, la dejo a medio camino. Parecía una buena idea, pero ahora la potencia del tubo se concentra en la mitad superior de mi cara, haciendo que mis ojos lloren como si estuviera cortando cebolla mientras escucho la trágica historia de una viuda y veo la muerte de la madre de Bambi, todo a la vez.

En ese mar de lágrimas, consigo pulsar de nuevo el botón dejando solo una pequeña franja. Esto suele ser la solución ideal para el 90 % de la sociedad, el otro 10 % somos seres imperfectos cuya altura nos destierra a ver cómo esa franja de aire coincide con el nacimiento del pelo sobre la frente.

¿Qué importa eso? Poco si no te importa notar cómo el viento arranca cada uno de tus amados «abuelillos», pelo nuevo que te garantiza que no te vas a quedar calva y que no vas a ser una señora con entradas a la edad de 27 años. Y muy poco si tampoco te importa que la coleta que llevas se convierta en un cuadro con más bollos que el Dunkin Donuts.

Como no es mi deseo convertirme en la señora calva de mi grupo ni en una bollería bípeda, decido cerrar la ventana y experimentar lo que sienten las tribus africanas en su día a día a 50º. Además, qué narices, ya es hora de poner a prueba mi desodorante 48h Black&White ultrahipermegantitranspirante, eso sí, para pieles sensibles.

Mi hermano sigue hablando y el coche aún no ha estallado. Parece que todo va bien. Veremos cuando intente despegarme del asiento y pierda al menos 3 capas de piel y 3 niveles de dignidad.