ESTREPITOSAMENTE EMBARAZOSO
Álvaro López Cabello | Fausto

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En la calle peatonal detrás de la primera línea de playa se acondicionó la primera cita de dos mimos. Una mesa y dos sillas en el centro del restaurante llamaban la atención de los viandantes. El hombre enfundado en un traje de vestir ojeaba entre bastidores a la mujer repetir una y otra vez el guion. Lo repasó tantas veces que olvidó realizar los ejercicios de respiración. Cogió aire y los protagonistas entraron en escena.

El anfitrión los recibió y los condujo hasta la mesa. Como todo un caballero de época, el mimo retiró la silla de su compañera y la invitó a sentarse. La mimo aceptó con una sonrisa tensa de oreja a oreja y, sin prevenirlo, cayó en caída libre como si la hubieran empujado desde un séptimo piso hasta estrellar su trasero contra el pavimento, hundiéndose por inercia hacia atrás. Se recompuso de inmediato sacudiéndose la suciedad del vestido de forma agitada, mientras el culpable se desternillaba sin emitir sonido alguno. Ella intentó recriminarle el acto, pero decidió no estropear la velada.

El anfitrión, también mesero, les tomó los pedidos y, tan pronto como se fue, volvió con las bebidas y los primeros platos. El mimo tomó la iniciativa de la interacción y dio rienda suelta a su creatividad para expresar sus intereses, sus gustos y sus metas. La mimo no dejaba de contemplar su carisma con unos ojos vidriosos que reflejaban la cucharilla con la que intentaba cortar el solomillo. Mientras él simulaba su elegante graduación, ella no veía la hora de pinchar un maldito trozo. Harta de no probar bocado, se levantó alterada, alzó el cuchillo y apuñaló repetidamente la carne. El mimo quedó excitado por tal salvajismo, aunque su erección duró poco. Se alejó junto al mesero en una interacción mucho más comunicativa mientras ella limpiaba el desastre, después de haberse arrodillado para pedir perdón. Y los postres, para terminar cuanto antes.

Ahora no era la cucharilla, sino aquel tenedor por el que se escurrían los trozos de gelatina. Para evitar un mal mayor, cogió el plato con las dos manos y engulló la gelatina de un trago. El postre detonó y se esparció por todo su cuerpo. La mimo se levantó tambaleando y besó el suelo. Un hilo de sangre comenzó a desteñirle el maquillaje blanco del rostro. Se incorporó de un salto, dispuesta a abandonar aquella pantomima, pero el mimo tiró de su melena. ¿A dónde creía que iba? No pensaba pagar su mitad de la cuenta. La olvidadiza mimo registró sus bolsillos y una vez en mano, las monedas salieron corriendo. Las buscó a cuatro patas bajo la mesa, momento que aprovechó el mimo para darle un pequeño empujón. A pesar del alborozo, ya nada importaba. Su semblante se nubló. Pagó la cuenta y, sin esperar al mimo, abandonó el restaurante. Se abrió paso entre el público, caminó hacia la playa y se sumergió para siempre en el mar, mientras el mimo agradecía los aplausos con una majestuosa reverencia.