1085. ESTUPIDEZ DE TINTA
FRANCISCO PI MARTINEZ | RAMON GUTIERREZ SEOANE

Hay personas que lo tienen. Él lo tenía. Tenía ese don indescifrable de decir siempre la estupidez más gruesa y de asistir a las risas posteriores con cara de incredulidad, de no haber roto un plato, de no merecer aquella burla. No era, parece claro, de los más dotados de la clase, pero tampoco era tonto. Ninguno lo éramos, en realidad. Nadie lo es a los once años. Unos eran válidos académicamente hablando, otros eran buenos futbolistas a la hora del recreo, un tercer grupo lo formaban aquellos capaces de hacer la travesura que fuera sin ser descubiertos y él… él tenía el don de la estupidez. Y lo monopolizaba, además, sin dejar resquicio a la participación de otros compañeros.
Pero aquella en particular, no por esperada, dejó de sorprendernos. Lo esperado, a decir verdad, era el evento; lo sorprendente, como casi siempre, fue su naturaleza. Aunque bien mirado, era previsible, porque días antes ya había bautizado al simpático borrico de don Juan Ramón como «Platanero»; así que no debíamos habernos sorprendido hasta el sobresalto cuando, al concluir la lectura de un poema del genio soriano, se refiriera a él, al citar su nombre, como Antonio Manchado.
Ni tiempo nos dio a reír, porque el maestro, como si despertara de su sueño por causa de un ruido estridente, tronó de inmediato:
-¿Ah, sí? ¿Manchado? ¿Y de qué?
Quizá, si fuera hoy, quizá si don Matías reflexionara sobre su súbita reacción, quizá si el escenario fuera otro,
-De tinta -respondió. Y se quedó tan pancho, sin sonreír siquiera.
De nuevo nos faltó el atrevimiento para reírnos. No sólo se había atrevido a errar en el nombre del excelso poeta. Además, en lugar de disculparse, había agravado la falta continuando la broma, en una suerte de renuncia a la redención, de tácita admisión de la culpa. Supongo que, por eso, nadie rio la gracia. Supongo que, por eso, todos esperábamos que sobreviniera un castigo ejemplar para aquel abanderado de la tontería absurda, dicha porque sí. El maestro, sin embargo, libre de estos y de otros temores, sí soltó la carcajada.
-Anda, este… -masculló después-. De tinta, nada menos.
Después lo miró con una mezcla de compasión y desdén. A continuación estoy seguro de que deseó haber tenido un tintero a mano; uno de los de antes; para tirárselo. Con ello habría logrado varias cosas: tener que pagar por nuevos algunos jerseys, camisetas y polos; provocar una urgente convocatoria del consejo escolar y, quién sabe, recibir una queja del furioso padre, el cual, quién sabe también, pudo haber sido en su vida joven un exponente incluso más excelso de ese monumento a la estupidez que solían ser los comentarios de nuestro compañero. Por último, tras un gesto que denotaba rendición incondicional, señaló a otro compañero e indicó:
-Gutiérrez, siga con Rafael Alberti.
Después de todo, en una clase con cuarenta y cinco chavalillos de once años, don Antonio solo podría haberse “Manchado” de tinta, ¿no?