453. EUTIMIO MALA SUERTE
José María Silleras Ruiz | Cholo

Desde que nació. Bueno, incluso ya antes tuvo problemas con el cordón umbilical que se enroscaba por terrenos angostos.
Y le pusieron por nombre Eutimio, que no auguraba grandes propósitos. A los 8 años ya había cambiado 5 veces de colegio, porque su padre holgazaneaba con el trabajo permanente. Amigos no tenía, claro, pero uno, que lo era casi, le tiraba piedras.
En plena adolescencia senil se echó una novia y casi la embaraza de tan fuerte que la apretaba la mano. Cuando tenía la oportunidad de un beso siempre le coincidía con el chicle, y de hacer la pausa y tirarlo se le pasaba el tiempo.
Tanto pasó que el progreso terminó instalándose en el pueblo propiciando la aparición de una oficina de loterías y similares.
Un miércoles, a media mañana (que debe ser según precisos cálculos numéricos sobre las 11 y 20) Eutimio se pasó por allí. El jueves, primitiva con bote, decía un cartel que pretendía ser llamativo. Se aseguró bien del tema con la lotera y rellenó el boleto. Algo en su interior le decía que aquel no era un momento cualquiera. Tuvo exquisito cuidado en la elección de los seis números: el 2 de su cumpleaños; el 16 cumpleaños de su santa; el 22 cumpleaños de su hijo, el 23 día de su boda; el 39 por los años que tenía y el 41 por los años de su querida e inconformista santa.
El día siguiente jueves, transcurrió como de costumbre, adornado con las quince o veinte contrariedades de rigor.
Llegó la noche, encendió el televisor y le dio a la tecla de videotexto buscando “loterías”. Una vez allí no le fue difícil encontrar “primitiva” y el sorteo del día. Miró con expectación los números y no pudo ahogar un grito de estruendosa alegría: había acertado cuatro números y le correspondía un premio de 61 Euros.
Hizo un rápido cálculo mental en los siguientes seis minutos y descubrió que el premio era superior a las diez mil pesetas. No se lo podía creer. Sabía que algunos vecinos, en ocasiones, habían acertado tres números, pero cuatro… eso era algo reservado para los muy afortunados.
Alborozado corrió a dar la buena nueva a su santa, fundiéndose en un afectivo (que no excitante) abrazo. Qué suerte tenemos, dijo, mientras sonreía con esa paz y generosidad que sólo un hombre como él era capaz de transmitir.
NOTA ACLARATORIA: Con la emoción y las prisas Eutimio no reparó que los únicos números que había fallado eran el 39 y el 41. En su lugar habían salido el 40 y el 43. Tampoco recordó (la ansiedad y la emoción eran embargantes) que ese jueves era su cumpleaños: hacía 40 años. Por otro lado, su amada y santa esposa nunca le había dicho su verdadera edad. El hecho de ser mayor que él la movió en su momento a retener en el anonimato dos años de su vida. Ya había entrado en los 43.