945. EXAMEN DE CONDUCIR
Gregorio Vega Cuesta | El Mecánico

Detengo el coche en el semáforo y aprovecho para relajar las piernas, que no me han dejado de temblar desde que arrancamos. Después de cuarenta años ya estoy acostumbrado a que el cuerpo no me responda cuando más lo necesito —no quiero ni pensar que podría ocurrir en una hipotética situación de tipo sexual.
―Qué guapo estás conduciendo, hijo mío. Si te viera tu padre…
―Señora, por favor, a ver si nos estamos calladitos ―demanda el examinador―. En qué estaría pensando cuando la dejé subir ―reniega entre dientes.
Eso mismo me pregunto yo, parapetado en el asiento: cómo la dejaría acompañarme. Desde luego, no se me pasó por la cabeza que quisiera subirse al coche y mucho menos que se lo permitieran. ¿Pero en qué país vivimos? En el asiento de al lado, mi profesor de autoescuela cerró los ojos nada más arrancar y no ha vuelto a abrirlos —y eso que el trayecto está resultando de lo más entretenido.
El verde del semáforo se ilumina y, entre tirones, volvemos a la vorágine del tráfico.
―Adelante a ese vehículo ―me indica el señor ingeniero.
―Ten cuidado, Paquito ―interviene mi madre―, que las furgonetas no respetan a nadie.
Observo por el retrovisor que el buen señor opta por callar, sabiendo que mi madre no lo hará. Al mirar de nuevo hacia delante la dichosa furgoneta aparece, de repente, ¡mucho más grande y mucho más cerca! Tras un ligero roce sin importancia, aunque aparatoso, consigo esquivarla de un volantazo. La arriesgada, pero hábil maniobra provoca el asombro de los conductores que circulan por el carril izquierdo, que lo exteriorizan con pitidos y gritos de aliento.
—Aparque donde pueda —me urge el examinador.
―Sí, hijo, para enseguida, que este señor no tiene buena cara —apremia mi madre dándome unos golpecitos en el hombro—. A ver si les va a poner perdido el coche a los de la autoescuela, con lo bien que se han portado contigo.
La gravedad de la situación me obliga a maniobrar sin demora —y sin los inútiles intermitentes que de nada sirven en situaciones extremas—. Ajeno, como dije, al desarrollo de los acontecimientos, el profesor sale despedido por la necesaria brusquedad del giro, golpeando su cabeza contra la ventanilla y perdiendo el conocimiento.
—No te preocupes, hijo —ataja mi madre, siempre tan resuelta—, ahora en cuanto pares le doy a oler del frasquito de colonia que llevo en el bolso y enseguida se despabila. Voy a ver si tengo alguna moneda: para que no le salga un chichón —aclara.
Cuando consigo por fin detener el coche junto a la acera el examinador sale del vehículo a toda prisa, suponemos que preocupado por el accidentado —después de todo, son del mismo gremio— y, para sorpresa nuestra, se sube al primer taxi que pasa y se aleja de allí sin molestarse siquiera en despedirse.
—Desde luego, qué poca educación —protesto.
—Bueno, hijo —concluye mi madre, siempre tan positiva—, lo importante es que el examen ya está superado.