437. EXCURSIÓN
RUBEN LUIS ALBA | De La Fontaine

Domingo por la mañana, las 9 aproximadamente, me levanté y me dirigí hacia la ventana, subí la persiana y vi que hacía un día precioso de primavera, la abrí y entró un aire fresco y el olor del jardín invadió la habitación, respiré profundamente, ya lo tenía decidido desde el día anterior, hoy nos vamos de excursión.
El desayuno fue ligero, iba a conducir bastantes kilómetros por carreteras secundarias, tenía pensado dejar la interestatal 264 y subir por la 198 que va bordeando la costa.
Preparé un par de sandwiches para el camino y la nevera portátil con hielo y refrescos.
Arranqué el coche y lo saqué a la calle, metí la neverita en el asiento trasero giré la llave de contacto y el motor se puso en marcha, accioné la palanca de cambio pisé suavemente el acelerador y nos pusimos en marcha rumbo a lo desconocido.
En el kilometro 36 divisé el rotulo que indicaba el camino a la costa, ella me indicó que saliéramos por ahí, había otra salida más adelante, pero esa era la mejor para la ruta elegida. A medida que avanzábamos, empezamos a sentir el olor del mar y el aroma de algunos huertos de frutales en flor, también era curioso ver los cables de la compañía de teléfonos plagados de pequeños pajarillos.
Íbamos bajando por la carretera y al final de una cerrada curva apareció el mar, inmenso, azul turquesa y tranquilo, en su orilla se divisaban algunos bañistas que ya habían colocado sus sombrillas.
Fuimos bordeando toda la costa durante bastante tiempo, que pena no haber tenido un descapotable, ganas me dieron de parar en algún pueblo y decirle al herrero que me cortara la capota, pero solo fueron las ganas.
Ya era mediodía y paré en un mirador de un acantilado y allí cumplió su función la neverita con su contenido. También me hubiera fumado un buen puro pero me acordé de que yo no fumo y se me quitaron las ganas.
Un cafelito en el puesto ambulante que había en el mirador si tomé, café solo y sin azúcar que vendría bien para el viaje de vuelta, que siempre que se come algo a mediodía te puede dar modorra. Emprendimos el camino de regreso, ya que aunque era pronto, llegaríamos a casa de noche y el trabajo no perdona y hay que madrugar. Durante todo el viaje ella me hablaba y yo asentía, la verdad que fue una excursión muy agradable, ya llegando a casa ella me susurró: “a 300 m. en la rotonda tome la tercera salida…” yo la hice caso inmediatamente, como siempre, y llegué a mi casa, metí el coche en el garaje, me bajé y accioné el mando a distancia, sonó un bip,bip se encendieron momentáneamente las luces de los intermitentes, yo me giré hacia ella y le lancé un beso, acto seguido la consola del navegador se ocultó en el salpicadero y yo pensé: que chiquilla esta, como la quiero y me fui adentro soñando con la próxima excursión.