Exhumación
Carlos Enrique Ayala Gómez | Shadow

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Mi abuelo no fue nunca hombre de rutinas, solía preciarse de ello como un distintivo de su libérrima personalidad, sin embargo; desde que enviudó comenzó a seguir los domingos un invariable itinerario particular: acudía a la iglesia y terminada la misa de once enfilaba sin dilación hacia el bar El Liróforo. Allí, había suscrito con el tabernero un singular contrato de depósito, cada vez que comprara una botella de destilado –el mismo de siempre– ésta permanecería en las estanterías del recinto para ser consumida, gradualmente, domingo a domingo.



En cada ocasión, antes de marcharse, el abuelo imprimía sobre la etiqueta posterior una raya finamente alineada al nivel del líquido restante y al lado, con su laboriosa firma signaba la acción. Ésta práctica, según decía, le aseguraba que ni una sola gota de su licor fuese profanada por labios ajenos y preservaba además la indemnidad de su amistad con el tabernero-depositario.



Uno de aquellos domingos nos reunimos en aquel bar de nombre tan singular, durante la primera parte de la charla el abuelo me expuso prolijamente sus pesquisas en torno al origen etimológico del vocablo “liróforo”, hablamos de liras y de trovadores e hicimos un repaso por todos los sinónimos que la lengua castellana apareja como equivalentes a la palabra “poeta”.



Culminadas estas disquisiciones lingüísticas, me dijo serenamente que, anticipando el inexorable final, había otorgado testamento y que en él me había distinguido nombrándome como su albacea testamentario, de este modo, llegado el infausto momento, me correspondió encargarme del fiel cumplimiento de su última voluntad: había dispuesto que su indumentaria postrera fuera un elegante esmoquin con chaleco de seda, ornamentado de un reloj de bolsillo con leontina de oro; finalmente, al interior del féretro debía incorporarse una de las acostumbradas botellas de licor y un bolígrafo. Conforme a su decisión me ocupé de que así se haga.



Algún tiempo después, la familia decidió encargar la edificación de un mausoleo que albergara juntos a nuestros queridos abuelos, pero ello requería llevar a cabo la exhumación de los cadáveres. Dada mi cercanía de siempre con el abuelo, fui designado para comparecer a la delicada sesión, como podrá imaginar el lector se trataba de una experiencia absolutamente inédita para mí.



Se estipuló un domingo y conforme a ley debían participar entre otros funcionarios, un médico forense, quien luego de efectuado el desentierro fue el primero en asomarse al habitáculo mortuorio.



No puedo olvidar aún la expresión de su rostro cuando volteando la cabeza me invitó a aproximarme; el volumen interior del ataúd estaba íntegramente ocupado por uniformes botellas vacías colocadas de pie y sobre ellas, tendida en el centro, yacía una sola botella, también vacía. Entonces, interrumpiendo su horizontal reposo la tomé entre mis manos y girándola develé ante mí la etiqueta dorsal, se advierten en ella cuatro rayas homogéneas y paralelas a las que corresponden sendas firmas, debajo, con su inconfundible caligrafía, se lee: “Ya regreso”.