1481. EXIGENTE
Domingo Jimenez Lacaci | Ernesto de Soto

Madre tuvo muchos defectos, pero lo que nunca se le pudo negar fue su coherencia. Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva, lo empezó a decir desde el primer día de muerta: “Cerrad la puerta, que hay corriente”. Y una pequeña novedad post mortem: “Y que sepas que a mí quien de verdad me gustaba era tu hermano”. Pasado el estupor inicial de toda la familia y sobre todo de mi padre, el problema fue dormir con aquellas voces a todas horas. En una paella dominical en el patio de la casa, al tío Arnolfo se le fue un mejillón por el otro lado y se acabó asfixiando agarrado a la parra, allí todo azul el pobre, con su bigotito de cantante de boleros. Desde ese día, las psicofonías disminuyeron mucho. De tarde en tarde se oía: “Bastante mejor ahora, pero los pies se me siguen quedando fríos”. El invierno siguiente cuando pusimos burletes en todas las ventanas, madre habló por última vez: “Veis, ahora la temperatura está perfecta, pero creedme si os digo que este, visto ya de cerca y para toda una eternidad, también se me va a hacer largo”.