189. FAJITAS
Ángel Pantoja Cano | Mana

Yo no quería venir. Claudia y yo llevamos poco tiempo; ayer fue nuestra primera cita. Fuimos a cenar y descubrí que Claudia ama la comida mexicana. Y ella que a mí me sienta mal. Más o menos en el momento en que le vomité encima.
Sí, la verdad es que me quiere.

Pero creo que sus padres no.
Insistieron tanto que no pudimos cancelar la comida de hoy.
Oh, ¿y qué han preparado? Adivina, vamos.
Fajitas. Enormes y mortales fajitas.
Muy bien. Demos un salto temporal.
No debí comerlas, lo sé, pero ahora solo pienso en dejar salir eso que ya no puede estar más tiempo dentro de mí.
Es una disyuntiva de vida o muerte y toca elegir. La vergüenza o mi esfínter. Así que decido. Quiero vivir. Aunque destruya mi dignidad.
Me excuso a la madre de Claudia e ignoro la mirada asesina de su padre.
Casi no llego al baño. Me enjugo el sudor, los pantalones por los tobillos y… …
“No.”
La taza está taponada por algo.
“Es una trampa.”
Bien. Intento no desesperarme y presiono el interruptor, tiene que funcionar.
Pues no. Solo un ruido de máquina rota.
Vale. ¿Entiendes ahora?
Estoy jodido.
Pero tengo que hacer algo, ¿no?
No me voy a cagar en el suelo de la casa de los padres de mi novia el mismo día que los conozco. Así que busco un “rincón secreto”.
Investigo un poco. No hay ventana. Tampoco cajas vacías o frascos.
“¿Y en el dentífrico, si apunto un poco?”
Y entonces lo encuentro.
No me juzgues, por favor. Sé que está mal.

Encuentro un cuenco mediano. Hay restos como de café o tierra. Ni lo pienso.
Allá vamos. Separo las piernas y uno, dos… Creo que voy a dar a luz, y…
“Oh…”
Soy libre. Como un astronauta de regreso a la Tierra. Un preso desencadenado.
Observo el arma del crimen, descansando sobre el cuenco. Camuflo el olor con una colonia del padre, y ya solo tengo que llevarlo a la basura con cuidado, sigiloso, para que…

Nada más abro la puerta, con el crimen en mis manos, ocho niños corretean a mi alrededor y casi lo dejo caer.
Veo a la madre de Claudia, que sin dudarlo me arrebata el cuenco.
—¡Gracias! —olfatea la nube de descomposición disimulando—. Iba a cogerla ahora. Acaban de llegar los amiguitos del hermano de Claudia.
Y entonces, mientras lloro por dentro, la madre se dirige a los pequeños.
—¡Chicos! ¡Aquí tenéis vuestra arcilla para jugar!
Los pequeños gritan de emoción, ajenos al apocalipsis que se avecina.
En fin. No puedo más.
Me gustaría contenerme, pero lo que no terminó de salir por abajo sale por arriba.
Vomito sobre esos pequeños a los que voy a destrozarle la infancia.

Si lo piensas, tiene cierto romanticismo. Así fue como conocí a Claudia.
Con suerte, su hermano y sus cuatro amigos, todos cargados de vómito y con la plastilina orgánica entre sus dedos, también olvidan el desastre que acaba de ocurrir.
Pero no creo que tenga tanta suerte de nuevo.