1388. FAMILIAS REALES
Alexis López Vidal | Chindasvinto

Por insistencia de mi padre, catedrático de Geografía e Historia en un instituto de bachillerato de un extrarradio arbolado, me bautizaron con el nombre de Godofredo II. No porque hubiera entre mis ancestros un anterior Godofredo sino porque, en opinión de mi docto progenitor, el primero de los Godofredos, un rey danés de la era vikinga, tuvo muy malos modos con los abroditas y los forzó a reconocerle como su soberano. A mí la relación del tal fulano con los abroditas me traía sin cuidado a los ocho años, cuando mi padre me enviaba al estanco a comprarle un paquete de cigarrillos Pall Mall —sí, en los ochenta, a los niños se nos enviaba a comprar tabaco y en el estanco se nos dispensaba junto con un par de sellos para franquear una tarjeta postal de las Cuevas del Canelobre, en Alicante, durante las vacaciones— y la estanquera de carrillos generosos y rosados como las nalguitas de un bebé me preguntaba:
—¿Y tú cómo te llamas, bonito?
—Godofredo II, señora.
La cara de la estanquera, entonces, era todo un poema; uno épico, supongo, pero un poema al fin y al cabo, con la mandíbula desencajada a modo de encabalgamiento y los ojos abiertos de par en par, interminables como dos versos alejandrinos.
Durante la adolescencia, mi regio nombre me granjeó poco más que collejas —así de resentido es el vulgo— y la indiferencia de las muchachas pubescentes del barrio, género por el cual sentía yo una inclinación sobrealimentada por las hormonas y que no resultaba recíproca. Sin embargo, a pesar del hirsuto bigotillo que me poblaba el linde de la nariz y de los granos que hacían lo propio en regiones aleatorias de la cara, tuve la fortuna de que mi silueta desgarbada fuera del agrado de una joven de largos cabellos ondulados y mirada candorosa. Se llamaba Blanca de Castilla. Blanca de Castilla Martínez López tenía quince años y se había criado en un pisito de la zona norte de Palencia, aunque se había mudado a la ciudad para convivir con una tía por parte de madre. Su padre, Luis XV el Bienamado Martínez, se había marchado una tarde a comprar tabaco, o a servir en una cruzada, y no había regresado al pisito pequeño de toldos verdes y papel pintado.
Blanca de Castilla y yo vivimos un noviazgo convencional, sin excesiva alharaca como era habitual en el resto de casas dinásticas de la barriada, y nos casamos en una parroquia diminuta una mañana de mayo de sol medroso.
Al cabo de tres años, nuestra dicha se colmó con la llegada de un bebé rollizo.
—Me gustaría llamarle Godofredo —anunció Blanca de Castilla acunando al pequeño entre sus brazos.
Yo barrunté la propuesta durante unos instantes y asentí, aunque añadiendo:
—Vale, pero Godofredo IV.
Godofredo III había muerto apuñalado en una letrina durante la noche, todavía con la camisola arremangada. Y, claro, eso era a todas luces peor que el agravio a los abroditas.