1412. FAMOSOS
AGUSTÍ GARZÓ SANCHIS | BERGARO JACOBECHE

Los que no vivimos en Madrid tenemos una curiosa reacción ante los famosos. Nos sorprende ir de uvas a peras por esa gran ciudad y toparnos de casualidad con ellos en acciones, digamos, domésticas. Nos choca verles acceder a un modesto portal de Arapiles o saliendo de un Mercadona. Porque a los famosos, en nuestras ciudades o pueblos los vemos única y exclusivamente en su condición de famosos y sus circunstancias: de actores o cantantes sobre un escenario; entrando o saliendo del recinto donde actúan o cantan; de invitados a la inauguración de una tienda de una cadena de ópticas, dando una conferencia… O comiendo en un restaurante antes de su actuación, como le pasó a mi madre: coincidió en 2011 con los cinco componentes de El Consorcio en una mesa vecina. Cinco, porque aún vivía Sergio, el marido de Estíbaliz.

Nos sorprende, además, esa proximidad tan natural con los famosos. Cualquiera de Madrid ha ido al instituto con Sergio Sauca. Llevaba a sus hijos al mismo colegio que Adela Cantalapiedra a los suyos. O era cliente de la perfumería del padre de Butragueño. Cuando no, directamente vecino de rellano de celebridades como Mari Cruz Soriano, Chus Lampreave o Eduardo Sotillos. O compañero en la universidad de Carlos Peguer, del podcast «La pija y la quinqui».

Pero lo verdaderamente meritorio sería, desde la periferia, tener lazos —aunque lejanos, de soslayo— con gente de la relevancia de María Luisa Seco, el mago Pepe Regueira o Chelo Vivares, la actriz que dio vida a Espinete en «Barrio Sésamo».

Por ejemplo, y no es por presumir. Mi madre fue al instituto con una prima de Isabel Tenaille.

Mi hermano, cartero, llevaba regularmente la correspondencia al piso en Benidorm en el que vivía gran parte del año el padre de Izíar Bollaín.

La tía de un empleado de mi tío Ramón estuvo de asistenta en casa de José Luis Garci cuando ya había ganado el Oscar por «Volver a empezar».

De niño, a finales de los 70, mi socio Alfredo veraneaba en Cambrils en un camping donde coincidió varios veranos seguidos con Alfredo Amestoy, su esposa y los hijos de ambos. Al llamarse el mayor de los hijos de Amestoy también Alfredo, e igualmente Alfredo el padre de mi socio, el famoso presentador decía con frecuencia: «¡Cuatro alfredos por metro cuadrado!», pronunciado con su característica voz nasal y cantarina, de cuando presentaba «Visto y no visto» o «La España de los Botejara».

En el quinto piso de mi edificio vive un maestro, ya jubilado, hijo de una maestra, ya fallecida, que dio clases a Florencio Solchaga, presentador de «Vivir cada día» en TVE.

Mi primo Rogelio hizo la mili en 1978 en El Ferrol en compañía de un sobrino de Joaquín Arozamena. Fue en pleno auge de Joaquín Arozamena, que presentaba entonces «Redacción Noche» también en TVE.

El padre de Ángel Castellanos, del Valencia CF, tuvo una barbería, Barbería Castellanos, en el pueblo donde vivió mi tía política Raquel en los años 60. Mi tía Raquel ya no vive. En general.