1262. FELINOS
FERNANDO CAÑADA GIMENO | MIAU

FELINOS

Un hombre disfrazado de mujer con voz de gallo afónico acaba de anunciar tu espectáculo desde el escenario. Lo han interrumpido con silbidos, aplausos, gritos obscenos y unos calzoncillos que han caído de no se sabe donde. No es la mejor hora ni el mejor lugar pero es lo que hay, bolos en fiestas patronales de pueblos perdidos, en los que la gente ha bailado ya el consabido repertorio de Paquito el Chocolatero, Sarandonga, Mayonesa, el Venao, la Macarena y el perreo, aquí más que bailar la mayoría ha hecho lo que ha podido. Algunos, descamisados y sudorosos, se apoyan en la barra del baile para no caerse. Te palpas la entrepierna con cierta preocupación. Deberías haberte tomado la pastilla que te aconsejaron. Ha empezado la música, sales del local donde te ha acompañado la comisión de fiestas para cambiarte y subes al escenario por la escalerilla de atrás. Empiezas a moverte rítmicamente, pegado a la canción con adhesivo de sensualidad y hombría. Eres “el tigre de las sábanas”, nombre artístico no muy original pero efectivo. Cuando te has quitado la capa con rayas atigradas y enseñas el torso musculado con un tatuaje de la cabeza del felino las mujeres se muerden los labios. Los hombres en cambio meten tripa inconscientemente diciendo entre ellos que no es pá tanto, que ya te querrían ver en el campo recogiendo alpacas de paja o similar. Envidian los grititos nerviosos que arrancas con cada golpe de caderas. Pero sigue la preocupación, hoy no te puedes concentrar en algo que te excite. Intentas buscar alguna chica en la plaza con la que fantasear. Ves una rubia voluptuosa pero te das cuenta de que es el tío que va disfrazado. Una al pie del escenario te mira con deseo y bajo su boca carnosa se abre un escote por el que asoman dos grandes pecados. Bailas como si estuvieseis los dos solos. Aliviado empiezas a notar algo más que dudas entre tus piernas . Pero en ese momento alguien lanza un vaso hacia arriba y una llovizna de cubata te cae por encima. Esa sensación desagradable e inesperada, el cabreo y una racha de aire frío mordisqueando tu piel vuelve a amansar la fiera. Te das la vuelta y te tocas sin disimulo buscando el milagro. Ya sólo llevas el slip. La canción termina. Es la señal. Hay que rugir ya. Los segundos parecen siglos. En la plaza nadie habla. ¡Qué sea lo que dios quiera!, piensas girándote mientras te arrancas la prenda. Todos te miran ahí donde tú no quieres mirar. No se oye ni un murmullo. De pronto desde un tejado cercano suena el maullido lastimero y penetrante de un gato, que según dicen es familia del tigre. Poco tardan algunos en imitar el sonido abajo y la plaza se convierte en una jaula de bufidos, maullidos y carcajadas.Y piensas que hay noches que no tienen ni puta gracia.

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