1573. FEO, PERO NO MONSTRUOSO
Natividad Aranda Valenzuela | Nati Aranda

Sí, vale, es cierto: yo mato a gente. Le chupo la sangre hasta dejarla seca, ese es mi modus operandi. Y lo disfruto; ¡lo disfruto un montón! Eso también es verdad…

¿Pero saben qué no he hecho yo en mi vida? Faltar al respeto gratuitamente. Justo lo que han hecho siempre conmigo; faltarme sin que hubiera necesidad. Y aquí estoy ahora, pagando las consecuencias de tanto desprecio y tan poca empatía.

Vean ustedes mi drama: soy un vampiro feo, tan feo como el hombre más feo que se puedan imaginar… Pero no monstruoso.

¿Y eso qué significa?

Pues que se me han negado los dos principales recursos con los que contamos los vampiros para acercarnos a nuestras víctimas: la capacidad de seducir y la de aterrorizar.

No hay en mí un solo rasgo que me haga, si no exactamente bello, al menos atractivo o interesante. Un condenado a pagafantas para toda la vida, eso es lo que soy.

Por otra parte, tampoco tengo ninguna deformidad o característica física animalesca que me haga temible, un Nosferatu de nuestro siglo.

¿Cómo podría yo (por el innombrable, ¡con esta cara de alpargata que tengo!) aproximarme a una dama y hechizarla con la mirada, para luego acercar sensualmente mi boca a su cuello?

¿Se imaginan ustedes lo difícil que es hacerse respetar e infundir temor cuando se tienen un metro cincuenta de altura, voz de pito (qué lástima les daría a ustedes oír mis alaridos cuando asalto a algún desdichado en un callejón) y ni unas tristes garras, cuernos o algo así?

En fin, que cada vez que he intentado poner en práctica cualquiera de las dos técnicas (seducir o asustar), a mis potenciales víctimas les ha entrado la risa floja. Solo en una ocasión conseguí consumar mi ataque y matar a una de ellas, pero no murió de miedo ni por desangramiento, sino de vergüenza ajena.

Risas y burlas, nada más que eso he recibido a lo largo de toda mi vida cada una de las veces que he intentado alimentarme. Si al menos alguien me hubiese dado un guantazo o pegado con un paraguas, fíjense en lo que les digo; si me hubiesen proferido alguno de esos insultos que a uno le hacen sentir más varonil…

Pero no, había que ridiculizarme.

¿Que bien podría yo pasar de sustos y de burdos intentos de ligoteo, y, simplemente, recurrir a mi fuerza bruta para cargarme y chuparle la sangre a quien me diera la gana?

Por supuesto, pero es que no tengo ni fuerzas ni ganas por lo maltrecha que está mi autoestima y la desmotivación de la que adolezco; todo por culpa de esas personas sin consideración ninguna hacia los demás.

Sin embargo, he encontrado la manera de chuparles la sangre a esos malditos humanos a la vez que me vengo de ellos: he invertido toda mi fortuna, amasada a lo largo de miles de años de (no) vida, en comprar todos los bancos del país.