FIN DE LA CITA
Francisco José Marchante Cabrera | Curropepe

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Cuando vi a mi cita a ciegas, aquel que me esperaba sentado en la barra del bar, no pude creer mi suerte. Alto, guapo, joven, elegante y formal, parecía el chico perfecto. Al llegar, me disculpé por el retraso y respondió: «Como dijo aquel, nunca es tarde si la dicha es buena». Me pareció tierno.

Al sentarnos a la mesa, comenté con una sonrisa que ojalá se comiera bien allí, pues estaba muerta de hambre. Él me respondió riéndose que entonces daba igual lo que hubiera en el menú, pues ya lo decía Sócrates: «La mejor salsa es el hambre». Pensé que era un tío interesante, la verdad.

Mientras degustábamos los entrantes, le conté que me dedicaba a la enseñanza y, sonriendo, me comentó que debía hacerle caso a Ortega y Gasset, que decía: «Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñes». Ahí ya comencé a cansarme.

Cuando con el primer plato me contó que había decidido largarse del club de lectura porque, como decía Groucho, «nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo», aquello ya empezó a incomodarme seriamente, así que me pedí otra copa de vino. Me dijo que tuviera cuidado porque, según el proverbio japonés, «con la primera copa el hombre bebe vino; con la segunda el vino bebe vino, y con la tercera, el vino bebe al hombre». Casi le tiro la dichosa copa a la cara.

En qué momento se me ocurriría pedir pescado de segundo, pues tuve que escuchar con los ojos en blanco como Lao-tsé decía que «Si das pescado a un hombre hambriento, le nutres una jornada. Si le enseñas a pescar, le nutrirás toda la vida». Yo sí que estaba escamada.

Para el postre ya se me caían las lágrimas de escuchar a ese pelmazo. La gota que colmó el vaso fue que, al verme en ese estado, intentó tranquilizarme con una frase de Confucio: «Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas».

Ahí ya salté:

—¡No aguanto más a Confucio, a Lao-tsé ni a ningún otro señor muerto! ¡¡¡Los odio, los odio, LOS ODIO!!!

Impertérrito, mi acompañante respondió con tranquilidad:

—Pues ya lo dijo Martin Luther King: «No permitas que ningún ser humano te haga caer tan bajo como para odiarle».

Lo admito. Le grité de todo, le lancé de todo y no paré hasta que dos fornidos caballeros me sacaron amablemente, y a rastras, del restaurante.

Tras esa, la peor velada de mi vida, solo me quedó clara una cosa:

NO QUERÍA MÁS CITAS.