489. FINDE EN FAMILIA
Carmen Mercedes Padilla Mavo | MerPad

Después de pasar un divertido finde junto a mi familia materna: tíos -pareja cincuentona-, mi madre, mi hermano -veinteañero- y yo de 17; en el recién inaugurado chalet de mi tío solterón, quien residía a unos 600 kms de la ciudad donde vivíamos. Nos levantamos el domingo temprano, con disposición de marcharnos a nuestra ciudad. Se suponía que debíamos salir de viaje en horas del mediodía para llegar a casa antes del anochecer, previendo también que, comenzando el viaje, tendríamos que atravesar un tramo de 25 kms de carretera que estaba rodeada de dunas por ambos lados.

Entre abrazos y cachondeos de despedida, mi familia siguió consumiendo algunas copas de más, lo que trajo como consecuencia que ninguno de ellos quedaran en condiciones para conducir.

Yo, la única sobria, -quien sólo había probado una cerveza- logré convencerles que yo podría conducir el coche perfectamente (aún sin carnet)

Terminamos saliendo a las 17:30 de la tarde, con el sol poniente. A los pocos minutos de ajustarse los cinturones, todos entraron en narcolepsia total.

A unos veinte minutos de haber comenzado el viaje, comenzó a anochecer y entramos en el tramo por dónde estaban las dunas. Repentinamente el coche empezó a corcovear, el sistema eléctrico empezó a desfallecer (cero luces, bloqueo de funciones) aproveché el suave deslizamiento del coche para salir del asfalto y orillarme en un pequeño terreno. Existía otra vía paralela en sentido contrario, pero estaba separada por un ancho tramo de vegetación xerófita. La noche estaba tan oscura, que apenas podía divisar mis manos.

Asustada y confundida, comencé a preguntarme ¿qué había fallado en el coche? Encendí mi mechero para observar el tablero. ¡Joder! mi falta de experiencia no me advirtió de chequear el contador de gasolina antes de partir.

Me bajé, me senté a la orilla de la carretera, encendí un cigarrillo, lloré de impotencia. Sorpresivamente, unas luces brillantes desde mi lado izquierdo, se fueron aproximando rápidamente deslumbrándome. Mi reacción inmediata fue levantarme y gritar como loca, saltando y agitando las manos.

Yo vestía de blanco de los pies a la cabeza, cabellos rubios, piel blanca, ojos claros, rulos despeinados como loca; así que, quien, o quienes venían a nuestro «supuesto rescate» en vez de detenerse, dieron un acelerón a su coche y salieron como «alma que lleva el diablo» con las ruedas chirriando a toda velocidad, desapareciendo entre la oscuridad.

¡Me quería morir!! No descifraba lo que acababa de pasar.

Pocos minutos después, fueron apareciendo una docena de luces de colores brillantes y sirenas, dirigiéndose nuevamente a donde yo me encontraba, se detuvieron a mi costado y se bajaron rápidamente innumerables seres tipo comando SWAT, pasamontañas y armas en mano, gritándome ¡MANOS ARRIBA!!! QUÉDESE DONDE ESTÁ, TIÉNDASE EN EL SUELO!!!

Finalmente, todos terminamos llorando y pasando la noche encerrados en una fría celda pueblerina.

Luego nos informaron que esa zona era el pasadizo preferido de un grupo de narcos. Y que además, existía la superstición que por allí salía «La Llorona»

Estábamos en frontera Colombo-venezolana.