419. FINOLIS
Ramón SÁNCHEZ GARCÍA | Carpeto Vetónico

FINOLIS

Ante mí se depositó la mayor y mejor mariscada de mi vida repleta de excelentes productos de la ría. Compaginaba su magnificencia, como cabía esperar, una jarra desbordante de fresco Albariño de dos años.
Para mí solito lo cumplido de tres personas; una exageración, una invitación a la gula desmedida proporcionada por el dueño del negocio, mi amigo Faustino.
El restaurante estaba a tope de turistas nacionales ávidos en degustar las exquisiteces gastronómicas más habituales de la costa en un mes con “r”.
Así, la familia que ocupaba la mesa contigua a mi derecha, papá, mamá y dos adolescentes con sobrada impertinencia, me miraban con odiosa envidia comparando las proporciones de lo expuesto.
Yo me propuse, entonces, dármelas de gourmet consagrado, sibarita refinado y entendedor a la par que curtido provocador, haciendo uso de los cubiertos y maravillando a la concurrencia con mi arte a la hora de pelar los soberbios carabineros, de separar y cortar la sonrosada carne de dos cigalas espléndidas, la forma de comer las ostras sin tocarlas, la utilización de la servilleta antes y después del sorbito de vino con el dedo meñique totalmente extendido, disimulando como mejor podía mi risa ante su disgusto. Me alegraba no poder saber de quién era la culpa, si de ellos o mía, pero me sentía increíblemente satisfecho de mi maliciosa pedantería en esos momentos e hice caso omiso al insulto de ¡será gilipollas! que algún espectador me lanzó.
Aguanté estoico hasta quedar el último en ese rincón y, al lograrlo, mi paciencia reventó, mi vulgaridad gentil apabulló mi repertorio finolis y mis dedos, junto con mi ansiosa boca, empezaron a desmembrar y devorar las nécoras y la magnífica centolla supervivientes.
Ahora sí que empezaba a disfrutar de la pantagruélica comida.

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