1350. FLECHAZO
Felipe de Luis Manero | Juan Zaldívar

Estaba siendo un verano aburrido. Lo único que hacía era bajar a la playa y salir alguna noche de marcha con mi hermano, pero ese año los bares estaban más vacíos que de costumbre, casi no había turistas. Luego llegó María, la novia de mi hermano, y los días se hicieron más largos todavía. Se pasaban juntos todo el tiempo y yo me sumí inevitablemente en el tedio, la envidia y la soledad. Hasta que un día me invitaron a ir con ellos a la playa. No era el plan del siglo, pero un adolescente de diecisiete años en un pueblo prácticamente desierto no tenía muchas más opciones.

La cosa no pintaba bien: ellos -cinco años más que yo- se la pasaban abrazados, dándose besitos, pegados como lapas. En el agua, en la arena, en el chiringuito, daba igual. A mí me producía un poco de vergüenza aquel empalagoso espectáculo, así que discretamente me retiré a tumbarme bajo el sol y escuchar música. No sé por qué, pero elegí un disco de Leonard Cohen. Bueno, sí que lo sé: el objetivo era abstraerme del mundo real, sumergirme en mis ensoñaciones. Dormirme, vamos. Y el maestro Cohen nunca falla.

No recuerdo exactamente lo que estaba soñando, pero a juzgar por el prominente bulto que pugnaba por sobresalir del bañador, era algo bastante divertido. De aquel agradable letargo me sacaron tres toques suaves en el hombro de una mano femenina, de uñas largas y dedos húmedos. Entreabrí los ojos: era una diosa de extensa y dorada melena, sus tirabuzones cayendo con gracia sobre sus hombros, su piel morena y moteada de gotitas de agua salada, sus pechos turgentes poniendo a prueba la resistencia de ese minúsculo bikini color turquesa, ambos muy cerca de mi cara, ambos amenazando con engullirme. El corazón empezó a latirme con más fuerza incluso que lo de abajo cuando, ya completamente despierto, constaté que aquella beldad era María.
-¿Te la sujeto?-preguntó con aire inocente.
Yo miré su rostro, luego sus pechos, luego mi bulto y después abrí la boca para balbucear:
-¿Estás…segura?
-Claro, es la única forma de que la claves con fuerza-respondió resuelta.
Me incorporé un poco y alcé la vista: no vi a mi hermano, imaginé que estaría nadando mar adentro. Después, en décimas de segundos, ponderé la propuesta: por una parte, era una locura montármelo en plena playa con la novia de mi hermano, pero por otra, se trataba de una oportunidad única en la vida, de algo que seguro podría contar con orgullo a mis hijos, nietos y demás descendientes. De modo que sin retirar la mirada de mi futura amante me bajé el bañador, señalé el bulto con mi dedo y dije con toda la sensualidad que fui capaz de reunir:
-Toda tuya.
Y tras unos instantes del silencio más denso que podáis imaginar, llegó la tragedia: los gritos de ella, los golpes de mi hermano, el murmullo de la gente… y la sombrilla cayéndose a la arena.