FOMO verborreico
Patricia González Alonso | Patricia GonAl

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Retiró el vapor del espejo que se había generado de haberse duchado a la temperatura de fundición del hierro. Se miró en él con su toalla enrollada en la cabeza y pequeñas gotitas de agua brillando en su piel.

Un pensamiento acudió a su mente de forma súbita. Le sucedía a menudo, especialmente en momentos en los que su cerebro estaba en piloto automático. “Hablo mucho por si no vuelvo a tener ocasión de hacerlo”. Ese pensamiento se instaló en su cabeza y resonó 6 veces seguidas. Tiempo atrás se había dado cuenta de que a veces pensaba las cosas de manera un tanto obsesiva. Con cada verbalización mental evolucionaba, se volvía más profundo en contenido.

“Hablo mucho por si no vuelvo a tener ocasión de hacerlo”. Lo odiaba. Odiaba aquella horrible sensación de pérdida de oportunidad. Le ocurría con más frecuencia de la que le gustaría admitir. Cuando se sentaba en una terraza al sol, con un cigarrillo, el pelo recogido para evitar el olor a humo y una cerveza fría, acompañada de sus amigas. En esos momentos, era muy común que las conversaciones se enredaran unas con otras. La mayoría de ellas se quedaban sin final. Un final se ascendía como el humo del cigarrillo y se perdía en la inmensidad de la nada. En el cementerio imaginario donde se entierran tantas conversaciones que no se tienen o que se quedan a medias.

En alguna de esas largas tertulias, había interrumpido abruptamente una conversación para hacer una pregunta que poco tenía que ver con el tema pero había sido incapaz de contener. E inmediatamente después se había reprendido por ello con su voz interna. Estaba mal, pero se le había escapado. Tenía FOMO de palabra. FOMO verborreico.

Negó con la cabeza como hacía siempre que el pensamiento evolucionaba hasta un punto en el que le hacía sentir incómoda consigo misma y resopló como si quisiera encapsular la culpabilidad en las partículas de aire que expulsaba con fuerza.

Se retiró la toalla y comenzó a peinarse. Hoy tendría que estar mucho más atenta, no podía permitirse parecer maleducada. Había recuperado el contacto con un chico que le hacía gracia. Sin haber dado señales de vida en los dos últimos años y medio, él había respondido con un emoji de fueguecito a una fotografía que ella había subido a sus redes concienzudamente sabiendo que salía especialmente guapa. Buscaba recibir unos cuantos fuegos para subir su ánimo, pero no esperaba el suyo. Habían comenzado a hablar y una cosa había llevado a la otra hasta que decidieron quedar a tomar un cóctel por el centro.

El centro. Otro pensamiento intruso. Un recuerdo: unas manos cálidas, una bicicleta sin apenas espacio para dos cuerpos adultos, el olor a clavo que desprendía un abrigo, el sabor de un café para llevar, la hierba aplastándose bajo su cuerpo… Volvió a negar con la cabeza y siguió peinando su pelo. Para entonces, hacía varios minutos que no tenía ni un solo enredo.