Fondue
Gloria Valdivia | Pata

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Nunca fui tan de izquierdas como cuando me abrí la cuenta en Tinder. Demasiado guapo, a la izquierda. Demasiado intelectual, izquierda. Parece atormentado, izquierda. O, de vez en cuando, tiene pinta de divertido, derecha.



Tras dos semanas de casting lo encontré a él. Una especie de Adrien Brody, feo pero atractivo. Profesor de Estadística en la Universidad, es decir, inteligente y con tiempo libre. Aficionado al fútbol y el teatro, equilibrio perfecto entre un tío normal y alguien con algo más que pelotas en la cabeza. Por primera vez, superlike, arriba. Dos minutos después hicimos match.



Estaba nerviosa el día que nos encontramos para el estreno de «Pretérito Imperfecto». La sinopsis decía: Pareja de mediana edad en horas bajas se regala por su aniversario una vuelta atrás en su primera cita. Pintaba bien y estuvo mejor. Las risas en el teatro relajaron el ambiente. La obra que acabábamos de ver nos permitió eludir el clásico y aburrido momento de contarnos la vida. El tapeo de bar en bar fue clave para enlazar un tema con otro. Me gustó lo que escuché y lo que vi. Por supuesto, acabamos en su casa.



Lo malo empezó a partir de la mañana siguiente. Tenía que habérmelo imaginado: Por Dios, ¡es piscis! No me dejaba respirar. Necesitaba cariño todo el tiempo. Cuando hacíamos el amor me decía cosas como que nos estábamos fundiendo el uno en el otro. Qué agobio. Como dos bolas de helado derritiéndose al sol, abandonadas en la mesa de un chiringuito, llenas de moscas. Y el empeño por viajar a Maldivas y pasar una semana en una isla desierta… Me imaginaba todo el día fundiéndonos. Esta vez como albóndigas rebozadas en arena.



Ya tengo una experiencia en una isla desierta. No es buena. El islote del estanque central del Parque Becquer. Tenía ocho años. Enredé a mi prima Viky para cruzar en la barca del guarda e ir a vivir allí con los patitos. Llevamos lo imprescindible para sobrevivir: El cuento de Robinson Crusoe y el botiquín de la Nancy con mercromina y dos tiritas. Al cabo de unos minutos de estar allí, mientras veíamos cómo se soltaban los remos de la barca y se alejaban de la orilla, descubrimos que los patos cagan y huelen mal. Muy mal. Sobre todo en una isla donde sólo viven ellos. Viky derramó la mercromina sobre la ilustración de Viernes, mi preferida. Me enfadé y empezamos a llorar. Dos horas después nos rescataron. La bronca de mi madre fue un bálsamo comparada con la idea de vivir rodeada de mierda.



Se lo conté. Y no sólo no desistió de querer viajar a Maldivas, sino que, al parecer, sintió mucha ternura y quiso que volviéramos a fundirnos. A las cuatro de la tarde del día más caluroso del año. Le dije que un piscis y una géminis no iban juntos a ninguna parte. Y mucho menos a una isla desierta donde lo único que uno puede hacer es fundirse al sol.