Francés, lengua del amor
Alejandra C. Bonassoli | Lele

5/5 - (1 voto)

Me ajusté la corbata con orgullo mientras observaba el reflejo frente a mí. Había logrado hacer un nudo perfecto de corbata por mí mismo, sin ayuda. Aplané con mis propias manos los pliegues de la camisa, que definitivamente necesitaba un planchado que yo no estaba dispuesto a proporcionar.

Mi aspecto, sin duda, no era el que habría sido hace décadas. No conservaba su forma, ni mucho menos la belleza de aquel entonces. Donde antes la piel era tersa, ahora meandros se hundían en la misma, señalando lo que hace mucho ya era augurio: la juventud era una etapa efímera, que tenía un fin inequívoco.

Verdaderamente, los años habían pasado, pero el brillo que un hombre tiene en los ojos al imaginar a su persona amada nunca cambiaba.

Alphonse me esperaba apoyado en la jamba de la puerta, vislumbrando la escena con suma precisión, a la espera de que terminara mi ritual. Ese esplendor hacía presencia en él también cuando me miraba, desde hace lo que parecían siglos. Desde ese mozo que analizaba todos mis gestos en mi viaje a Francia como aprendiz de artista.

En París, la que es la ciudad del amor, la que yo mismo denomino “la ciudad del arte” (sinónimo de la palabra amor, si me preguntan), me esperaba apoyado en un árbol cualquiera un chico joven, alto y fornido, aspirando caladas hondas del cigarro en su mano, que se consumía rápidamente. Yo trataba de reunir todos mis bocetos esparcidos por el suelo en mi maletín.

“Avez-vous besoin d’aide?”, me pregunta el chico frente a mí, alzando una ceja.

Yo recién llegaba a la ciudad; mi francés era escueto y desordenado. Pero saliendo de su boca, parecía que las palabras tomaban forma cuando se dirigió a mí: “¿Necesitas ayuda?”. Para mis ojos, él era música. Y yo parecía conocer todos los acordes.

Hasta el momento, negaría rotundamente la existencia del amor instantáneo; la flecha de Cupido que afirmaban que cuando te acertaba, era imposible escapar. Yo me creía un alma libre hasta que mi existencia se vió atada a la suya. Los dos fuimos uno.

Ahora, a pesar del paso de los años, para mí todos nuestros encuentros serían nuestra primera cita. Él es el soplo de aire fresco, el sol que se alza por la mañana, la sonrisa adormilada que me regala en el despertar.

Lo único que lamento de este punto de nuestras vidas, sin lugar a dudas, es el poco tiempo que nos resta. Pero recuerdo al joven que me ofreció cobijo en el viejo París, todas las cenas románticas que el tiempo nos ha permitido ser partícipes, y todos los besos y caricias de los que sólo nosotros hemos sido testigos.

“¿Estás listo?”, me pregunta el hombre que tengo frente a mí, con los mismos ojos que me miraron aquel día y con ese innegable acento francés en su voz.

“Para todo lo que esté por venir”, contesto con una media luna creciendo en mi rostro.