952. FUCKING TÍNDER
Tomás Ferrando Agulló | Anthony Wilde

Cuando conocí a Eva pensé que esta vez Tínder no me fallaría. Al verla sentada en mi restaurante preferido, esperándome con impaciencia, pensé que con ella sería diferente. La velada fue sencillamente exquisita: buena conversación, risas y ganas de que la noche no acabara nunca. Todo eso regado con un par de botellas de vino propició que nuestros cuerpos acabaran el uno encima del otro buscando ese momento de placer compartido que pusiera el broche de oro a una noche perfecta.
La desnudé rápidamente y, con algo más de torpeza, me quité los pantalones y la camisa mientras ella se acomodaba en el sofá de su casa. Sus piernas se abrieron ante mí y mi boca no necesitó más instrucciones. Justo cuando ya notaba que ella comenzaba a disfrutar del arduo trabajo que mi mandíbula estaba realizando, un grito inesperado me desconcertó. Al principio pensé que ya había llegado a su primer orgasmo, pero lejos de ser una expresión desmedida de placer, su voz se tornó ronca y comenzó a tirarme del pelo. Yo traté de continuar pensando que esa reacción era fruto del éxtasis que había alcanzado, pero al momento su voz volvió a cambiar y esta vez se dirigía a mí en un tono dulce, casi angelical, y pasó a acariciarme el pelo con suavidad. Apenas unos segundos más tarde, sus muslos aprisionaron mi cara y noté que me asfixiaba mientras me insultaba una y otra vez. Quise desasirme de su estrangulamiento pero su fuerza era descomunal. Cuando ya pensaba que iba a perecer entre las piernas de aquella mujer, se incorporó con rapidez y me pidió que la besara. Sentí ganas de salir corriendo, pero finalmente la obedecí porque aún estaba excitado. Después de besarnos me miró a los ojos y me habló. Paula, ese fue el nombre con el que se dirigió a mí. Completamente convencido de que estaba copulando con una recién fugada del psiquiátrico, me alejé de ella pero agarró del brazo con fuerza y me pidió que la penetrara. Esta vez volvía a ser la chica que me había encandilado en el restaurante, así que accedí y me dispuse a disfrutar por fin aferrado a su cuerpo. La sensación de tranquilidad duró bien poco: comenzó a gritar pidiéndome por favor que la castigara, que había sido una niña mala que se merecía eso. Mi cuerpo se despegó del suyo instintivamente pero ella me agarró con fuerza por la espalda y seguidamente se sentó encima de mí con un movimiento brusco. Comenzó a cabalgarme sin piedad y, segundos antes de llegar al tan ansiado orgasmo, me deleitó con una versión del Nessun Dorma que ciertamente no estuvo nada mal. Entonces se dejó caer encima de mí y me susurró al oído: No te lo había dicho, pero los espíritus contactan conmigo cuando hago el amor.
Al salir de su apartamento, observé la placa situada en la puerta de entrada: “Raquel Heredia. Médium”.
Desde entonces, no he vuelto a usar Tínder.