237. GABARDINA
Santiago Polo Hisado | DARBUKA

Bien, yo antes era exhibicionista. Al principio se la enseñaba a todo el mundo, pero después ya no. Lo que hacía era buscar el sitio adecuado, que solía ser en algún parque al atardecer, en una zona poco concurrida, y me ocultaba; en cuanto oía que se acercaban unos tacones solitarios, hacía mi aparición y zas, abría la gabardina. El resultado es que la mayoría salía corriendo, y ya está, hasta ahí, todo bien. Sólo algunas se quedaban a mirar un rato y, en una ocasión, una de ellas me invitó a su casa. No es lo que yo esperaba y eso me dio que pensar. Desde entonces, fui más selectivo y decidí que sólo se la enseñaría a aquéllas que yo considerara que estaban necesitadas de alguna alegría en sus vidas. Pero establecer un criterio no dejaba de ser engorroso, porque buena parte del éxito de mi intervención residía en el factor sorpresa, y lo cierto es que no me daba tiempo a hacer un mínimo análisis, ni siquiera una mínima suposición o recuento de deseos insatisfechos o de sentimientos frustrados escritos en el rostro de la que llegaba. Yo me esmeraba; sin embargo, el resultado seguía siendo que la mayoría salía corriendo y alguna que otra se quedaba a mirar un rato, como si estuvieran cotejando, y ponían así los dedos, no sé, una cuestión de centímetros, y después se marchaban tal cual. Pero hubo una que se sobresaltó tanto, que pareció haberse quedado hipnotizada allí mismo al instante. Primero retrocedió por la sorpresa, después se puso a mirar de esa manera en que miran los miopes —y eso que no llevaba gafas—, y se acercó como en trance y se agachó. Más cerca todavía y más alterada, acertó a decir con incredulidad, ¿así es como son? Yo le dije, bueno, más o menos. Y comenzó a reírse y cada vez se la veía más agitada y se reía más y más. Aquello me desanimó un poco y empecé a pensar en dejar esto del exhibicionismo. En realidad, fue eso y que pasé una temporada en la cárcel. Allí no me trataron bien, los demás presos, digo. La tomaron conmigo, especialmente mis tres compañeros de celda, que se empeñaron en decir que mi cara les recordaba a un tipo que los había delatado y querían cambiármela para evitarse los malos recuerdos. Además, el más grande de ellos, un armario, se empeñaba en llamarme Josefina. No son cosas que a uno le guste recordar. Pero conseguí salir y ahora me va mucho mejor. Voy a terapia y afirman que ya estoy en fase de mantenimiento. Hablo mucho con un colega que aún se la enseña a todo el mundo, está en esa fase, y no entiende las sutilezas de la discriminación. En las reuniones nos dicen que están en contra de las gabardinas, que jersey o chaqueta o cazadora, sí, pero que gabardina, no. Y a mí me parece bien, pero, ¿y en los días de lluvia?