GANAS DE MOJAR
Susana Martín-Garea | Berta Garea

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El martilleo en mi cabeza no me dejaba dormir cuando comprobé que el despertador estaba a punto de sonar. Perdí la cuenta de los bares a los que nos llevó Pepe la noche anterior. Solo el alcohol podía remontar una doble cita a ciegas como aquella. Le advertí de que algo así no funcionaría a través de Tinder, pero el tío tenía ganas de mojar y no hubo forma de pararlo.

Estaba desnudo en mi cama con el cuerpo acorchado. Me di la vuelta como pude para evitar que la luz que se colaba por las rendijas de la persiana me atravesara los párpados. Al girarme, mi rodilla chocó con algo. Algo blando que se acomodó ante mi embestida. Abrí levemente un ojo y, en la nebulosa de mis neuronas, intenté recordar sin éxito cómo y con quién había llegado a casa.

Acerté a desconectar la alarma del despertador antes de que sonara: no era capaz de enfrentarme a ese cuerpo extraño. Me levanté con cuidado para que no se despertara. La habitación daba vueltas y mi estómago comenzó a ascender hasta la boca. Corrí al baño, cerré la puerta tras de mí y vomité en el váter. Permanecí un par de minutos abrazado al inodoro, reposando la cabeza en la taza. Podía haberme quedado dormido allí a pesar de la peste, pero recordé que tenía una reunión en Valvutex para cerrar el acuerdo que llevábamos meses negociando. Necesitaba ponerme en marcha y despejarme con rapidez. Abrí el agua caliente de la ducha y fui a la cocina a por un Alka Seltzer, no sin antes comprobar que el cuerpo anónimo seguía en la cama, roncando, en la misma postura que lo dejé.

Con la claridad que despejaba el agua lentamente en mi cabeza, decidí que lo mejor era evitar que quien fuera se percatara de mi presencia, dejar una nota cortés en la almohada y salir corriendo hacia la oficina. De pronto, sentí una mano en la espalda. ¡Maldición, se había levantado! Allí estaba el cuerpo, apuntándome con su alegría. Me quedé paralizado, con la manguera de la ducha en la mano como arma defensiva.

—¡Vamos, Pepe, no me jodas! ¿Tú y yo…?

La decepción o el agua hizo mella en su euforia matutina.

—Tranquilo, solo nos besamos hasta que caíste redondo sobre la cama.

—No puede ser, que a mí me gustan las tías.

El bochorno me quemaba más que la temperatura del agua, mientras algunas imágenes vaporosas comenzaron a empañar la poca lucidez que me acompañaba esa mañana.

—Sal de aquí, haz el favor, y vamos a olvidarlo todo.

Continué solo bajo el chorro de agua para intentar quitarme esa última noche de encima. Nos vestimos sin mirarnos y bajamos juntos a la calle, en silencio. Me despedí con un apretón de manos. Mientras se alejaba sólo pude pensar: “el cabrón besa bien”.