501. GARBANZOMAQUIA
GONZALO ESPÍ DUEÑAS | QUEJIQUE

En mi defensa diré que era un plasta. No es que tuviera envidia de su flequillo rubio o de que silbara sin usar los dedos cuando los demás solo emitíamos una pedorreta con toda su flota de babas. No le tenía envidia, era un chulo mimado. A mí me desesperaba que acabara imponiéndose. Yo protestaba, por eso me apodó Quejique. También era el que ponía los motes. Y encima, se camelaba a todos los adultos con su carita de mosquita muerta. Valiente cretino.
Llevábamos todo el verano jugando a eso de los fuertes. Conseguíamos materiales de construcción de donde fuera. Además, nos armábamos con tiragüitos. Acordamos que solo podíamos emplear garbanzos. Pero yo sabía que el Pelopaja no iba a cumplir. Ese mote lo intenté difundir yo, pero no cuajó.
A pesar de las trampas con las que habíamos protegido nuestro fuerte (alambres entre árboles, hoyos ocultos por hojas, piedras indianajones, carteles de cartón con calaveras) consiguieron robarnos el sillón que nos habíamos agenciado de casa de Josevi, alias Zarpa de Oso, aunque el Pelopaja lo apodó Josebo porque era gordo. Era nuestro trono, que le correspondía al primero en llegar. Ese agravio bien merecía la batalla que se desencadenó.
Habíamos quedado después de comer en la dehesa, un territorio neutral. Cuando iba a salir, mi madre me dijo que me llevara a Julito conmigo.
-Mamá, hoy no, por favor.
-¿Por qué hoy no? ¿Qué vais hacer que Julito no pueda hacer, eh?
-Porfa, mamá, de verdad, mañana me quedo todo el día con él, ¿vale?
-Nada, nada, cariño, la mamá de Julito ha conseguido un trabajo, por eso lo deja con la abuela, que se pasa el día delante de la tele. Julito necesita salir y socializarse, como los demás.
-Ya mamá, pero es que……
-Si no puede ir Julito a eso que tienes que hacer, tampoco puedes ir tú.
-Vale, vale, voy a por él.
-¿Por cierto, sabes tú que ha pasado con los garbanzos?
-Habrá sido Julito.
-Anda, anda.
Ahí estaba, torrándose al sol, con la lengua fuera mordida y la mirada achinada fija en mí, propio de su cromosoma de más. Le dije que se viniera, sonrió. Le conminé que se pusiera armadura y se calzó una gorra. Le di un puñado de garbanzos. Se metió uno en la boca. Le dije que era para la batalla. Lo escupió sobre su mano.
-¡Coño, si viene con Down Gengis Khan! Eh, él viene en nuestro equipo, que si no, sois dos más.
Como todos estaban de acuerdo, cedí, pero convine con los míos que ni tocar a Julito.
La batalla fue cruenta, pronto comprendimos que no solo valían garbanzos. Comenzaron a llovernos piedras. Mandó a Julito en vanguardia, que portaba un palo a modo de lanza, le estaban cayendo piedras de su retaguardia y garbanzos del frente. No podía más, me escabullí parapetado por unas zarzas. Agarré una plasta seca de vaca y le acerté en toda la boca al Pelopaja.
-¡Y Julito va conmigo, eh, Bocamierda!